viernes, 1 de febrero de 2013

EQUILIBRIO MARTIANO Y GEOPOLÍTICA.III PARTE(FINAL)


INTRODUCCIÓN

Cierran las sesiones del III Encuentro Internacional por el Equilibrio del Mundo existiendo una comunidad de ideas coincidentes sobre la vigencia del pensamiento de José Martí, pues transcurrido más de un siglo, las causas que dieron origen a lo expuesto por él sobre el necesario equilibrio político, lejos de atenuarse, se ha profundizado. Para finales del siglo XIX, el paradigma del equilibrio de poderes por el cual se había apostado en el Congreso de  Viena de 1815, comienza a desmoronarse ante el empuje del naciente imperio norteamericano; Doctrina Monroe y Destino Manifiesto hacen añicos cualquier posibilidad de supervivencia de lo hasta entonces establecido para las relaciones internacionales, de ahí la sostenibilidad de Martí en mantener el equilibrio como un principio no solo aplicable a la geografía americana, sino al mundo. 

No es nuestro objetivo abordar las causas por las cuales la tesis martiana se ensombrece, sino las circunstancias que posibilitaron su inexistencia hasta nuestros días, lo cual tiene un fundamento esencial en la política de los Estados Unidos durante el siglo XX y los primeros doce años del siglo XXI.

El fin de la “espera paciente” o el nuevo siglo XX norteamericano; de Wilson a Obama.

En el discurso ante el Congreso de los Estados Unidos de 8 de enero de 1918, el presidente Thomas Woodrow Wilson expondría 14 puntos que vendrían a ser el nuevo comodín para las relaciones internacionales, de estos atenderemos a 3 de ellos que definirán las posiciones geoestratégicas de los Estados Unidos una vez concluida la I Guerra Mundial:

El número 3, que suprimía, hasta donde fuera posible, todas las barrera comerciales.

El número 4, establecía suficientes garantías recíprocas de que los armamentos nacionales serían reducidos al límite compatible con la seguridad interior del país.

El número 14, creación de la Sociedad de Naciones.

La combinación de ellos define la geopolítica norteamericana para el período posterior a la primera gran contienda bélica del siglo XX, da la posibilidad de expansión económica a escala global, que tiene como escenario principal, la eliminación de las barreras económicas-sobre todo europeas-que quedará dependiente de la industria norteamericana, no solo por el volumen de exportación desde los Estados Unidos, sino por los montos de la ayuda financiera para la reanimación de la economía europea.

Por el  punto 4 pone a Europa “desvalida” del poder militar; lo que no implicaba un compromiso para los Estados Unidos, pues como país vencedor es sobre todo un garante de los acuerdos y no un responsable de su cumplimiento; dándole la supremacía en el terreno militar.
En el orden político internacional-punto 14- proponía la creación de la Sociedad de Naciones bajo la inspiración de los  Estados Unidos; de la cual prematuramente se separa dejando su liderazgo a Inglaterra y Francia, pero que finalmente se desintegra.

Política-economía-poderío militar, aparecen combinados y marcan las tendencias geopolíticas de los Estados Unidos que no dan alternativa posible para el equilibrio en las relaciones internacionales una vez concluida la I Guerra Mundial, la prueba más clarividente de la ruptura del equilibrio será el rearma alemán, unido a ello una nueva fuerza hasta entonces desconocida aparece en el escenario mundial que alimentará la tendencia creciente de las ideas geopolíticas-como regularidad- en los Estados Unidos: La Unión Soviética.

Concluida la II Guerra Mundial aparece en el contexto de las relaciones internacionales el resurgimiento de una nueva sociedad, la ONU, reviviendo el fracasado ensayo de “seguridad colectiva”  de la Sociedad de Naciones; el 12 de marzo de 1947, Harry Truman expone, “Si vacilamos en nuestra misión de conducción podemos hacer peligrar la paz del mundo y, sin lugar a dudas arriesgaremos el bienestar de nuestra propia nación“;  a partir de ese entonces la llamada Doctrina Truman será el nuevo exponente ante nuevas circunstancias históricas de las tendencias geopolíticas de los Estados Unidos de Norteamérica. Surgirá en 1949 como consecuencias de ella la Organización del Tratado del Atlántico Norte, como medio de contención y para la agresión al naciente campo socialista, disfrazado de bloque militar para la seguridad colectiva.

Tal como ocurrió una vez concluida la I Primera Guerra Mundial, el poder económico dominante hizo su parte combinado con las fuerzas políticas y la hegemonía militar; Plan Marshall, Banco Mundial, FMI, GATT, no son más que los derroteros del dominio económico a escala mundial por los Estados Unidos, que dieron la definición al total dominio de ese país hasta nuestro días. La existencia del campo socialista dio pie a la desenfrenada y lucrativa carrera armamentista, justificada ante el mundo como “amenaza a la seguridad nacional” y de los intereses democráticos de occidente, dando absoluto predominio a la presencia norteamericana en las principales zonas geo estratégicas del mundo a través de una fuerte U.S. Navy y su respectivo sistema de bases, tal y como a finales del siglo XIX había  diseñado Mahan. En términos geopolíticos de “América para los americanos”, se vislumbró a partir de la II Guerra Mundial “el mundo para los norteamericanos”. En qué medidas el bipolarismo contribuyó a alcanzar la hegemonía o a justificarla, o como resultado de las contradicciones este-oeste al predominio unipolar, no es nuestra intención tratar pues entrarían en juego disímiles causas que harían interminable el propósito de esta exposición; quedando para siempre sepultado en el modo político de actuación de los Estados Unidos que, “En la presente etapa de la historia mundial casi todas las naciones deben elegir entre modos alternativos de vida.”[1]

La  vida posterior a la II Guerra Mundial determinó que la geopolítica norteamericana encontrara serios obstáculos en su materialización, la existencia del sistema socialista mundial y su influencia a escala global rozó en más de una ocasión con la esencia misma del hombre ante el nuevo panorama de guerra fría, siendo la Crisis de Octubre de 1962 el momento más alucinante y comprometedor para la existencia humana.

Hasta dónde los intereses geoestratégicos y geopolíticos conforman una maquinaria perfecta que penetra  al sistema institucional-incluido el estado-fueron expresadas por JF. Kennedy el 27 de abril de 1961:
“Porque nos enfrenta en todo el mundo una conspiración monolítica y despiadada que se basa principalmente en medios encubiertos para expandir su esfera de influencia basada en infiltración en lugar de invasión, en subversión, en lugar de elecciones, en intimidación en lugar de libre elección. Es un sistema que ha usado vastos recursos humanos y materiales para construir una maquina eficaz estrechamente tejida que combina operaciones militares, diplomáticas, de inteligencia, económicas, científicas y políticas. “
Esa  misma maquinaria, fue la que condujo a los sucesos de Dallas, pues cualquier cambio  o reorientación política del poderoso estado hacia el mundo no estaban en la agenda de los grupos de poder.

 “Equilibrio” y “paridad” devienen como conceptos en un mundo dividido en dos grandes sistemas,  que dada la confrontación puede dañar de una vez y para siempre la existencia de la vida humana, pero aparente por la cantidad de medios que son capaces de portarla; de ahí que ambos términos fueran a lo largo de cuatro décadas la caja de resonancia para que los halcones de la guerra impulsaran hasta el infinito los presupuestos militares,  existiendo en términos matemáticos (cuantitativos) profundas diferencias entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, los datos expuestos  en diferentes obras  sobre la Crisis de Octubre así lo demuestran;  tendencia que se mantuvo a  lo largo de la década del setenta del siglo XX y hasta la desaparición de la Unión Soviética; como regularidad se conservó la superioridad nuclear de los Estados Unidos en armamentos ofensivos de mediano y largo alcance. Fue este a pesar de las diferencias, el momento de mayor equilibrio alcanzado después de la I Guerra Mundial, pues los medios existentes ya daban suficiente prueba en los medios académicos y  científicos que ante una guerra no habría vencedores ni vencidos, sino destrucción del patrimonio humano a escala global.
Tras la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética el mundo se enfrentó  a una nueva realidad;  pasó a uní polaridad, acentuando el proceso de globalización de la hegemonía político-económica de los Estados Unidos. Disueltas las estructuras del sistema socialista a nivel mundial, fueron hegemónicamente endiosadas las hasta ese momento creadas para enfrentar al “monstruo comunista” ya desaparecido, OTAN, Banco Mundial y FMI.

Un nuevo “enemigo” salió a la palestra pública para dar continuidad  y justificación a las ideas geopolíticas globales; un cambio radical se operó en el mundo tras el 11 de septiembre del 2001, ese mismo día en horas de la noche el presidente George W. Bush comunicaba a la nación en un mensaje, "Estos ataques pueden destrozar el acero de nuestros edificios, pero no pueden destruir el acero de nuestra determinación"; dando comienzo a escala global a la lucha contra el terrorismo que no es otra cosa que la defensa de los intereses  norteamericanos, o intervenir allí donde crean “amenazada” la democracia. Por ese camino han sido muchos los países incluidos en la lista norteamericana.

 La llamada geopolítica del petróleo, en época donde los recursos energéticos vienen a determinar el accionar  político a escala global, llevó invariablemente a los trágicos acontecimientos en el Medio Oriente, provocados por la política intervencionista de los Estados Unidos en alianza con un mundo occidental subordinado.

Constantemente la gran prensa se ha empeñado en presentar a Obama como un reformista, incluso lo comparan  con Kennedy, cuando en realidad ha dado viso de continuidad a la estrategia geopolítica  de quien lo precedió; las nuevas tendencias globales tras el salto de China, catapultada al liderazgo económico a nivel mundial, han reorientado esas tendencias hacia el área del Pacífico. Rusia y su reanimación económica  han venido a revivir viejas confrontaciones aparentemente desactivadas por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, sumado a ello una reconquista en la nueva era “inteligente” del continente Africano.

Estas son a grandes trazos  las respuestas al  equilibrio martiano  que durante el siglo XX y primera década del XXI  nunca existió, pues las tendencias  geopolíticas imposibilitaron su materialización aún en los momentos de “aparente equilibrio”; de ahí el consenso unánime  de las ideas de José Martí sobre el Equilibrio del Mundo y su necesidad de ser alcanzado.


[1] Truman, Harry. Discurso 12 de marzo de 1947.

lunes, 28 de enero de 2013

EQUILIBRIO MARTIANO Y GEOPOLÍTICA. II PARTE

Introducción

Según Armando Hart Dávalos, quien preside la Sociedad Cultural “José Martí”, “la justicia es, por tanto, la esencia del equilibrio del mundo y es, según la tradición filosófica y cultural cubana, el sol del mundo moral “…, esta  afirmación recientemente expuesta en un artículo titulado “El equilibrio del mundo puede salvar a la humanidad” en el periódico Juventud Rebelde de enero del 2013, tiene por esencia el ideario martiano y su vigencia para las actuales  circunstancias históricas por las que la humanidad se encamina, como contrapartida a las grotescas tendencias geopolíticas que socavan los principios democráticos que  Martí proclamó a lo largo de su vida. Expone en el mismo artículo el intelectual cubano un principio cardinal: el “equilibrio como ley matriz”…

Bajo el título “El entorno del equilibrio martiano” vieron la luz dos artículos que escribí sobre la concepción martiana del equilibrio del mundo, que revisado tiene total vigencia en cuanto al tema de equilibrio martiano y geopolítica y que nos proponemos reproducir.

“Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.

                                                                                                                                   
José  Martì.

José Martì como ningún otro cubano hasta su época, conoció de los verdaderos intereses que movían la política de los Estados Unidos hacia los países de América; la dinámica interna de la vida norteamericana lo llevaba invariablemente a organizar en Cuba una contienda por la independencia en el tiempo más corto posible, tal era su angustia, que pretendía inmediatamente reiniciada la contienda organizar los órganos de gobierno; hacer la república desde la manigua; ejercitar la democracia, preparar; educar para la principal  misión que se llevaría a cabo; y detener la expansión  de los Estados Unidos por el continente.

La obra martiana trunca con su muerte en los campos de Cuba, el 19 de mayo de 1895, imposibilitó llevar a vías de hecho las aspiraciones del maestro; sus más cercanos colaboradores no estaban preparados para la misión proyectada, ni conocían la dimensión  y  profundidad del pensamiento político de este,  sus seguidores, no comprendieron  las intenciones  de los juegos políticos norteamericanos: dividir y vencer  fue su  lema,  método para  alcanzar el triunfo de una política calculada desde los primeros albores de la a constitución del los Estados Unidos como nación.

“Los Estados Unidos, a su juicio, - escribe Ramiro Guerra refiriéndose al pensamiento martiano- podían lanzarse contra España y arrebatarle la isla. Semejante violencia jamás se arriesgarían a realizarla contra Cuba independiente, constituida en República ordenada y democrática sin provocar la hostilidad de toda la América y la protesta del mundo civilizado. La independencia de Cuba era esencial para la seguridad de todo el continente [1]“; estas ideas no se materializarían al producirse la intervención norteamericana en Cuba, en 1898,  no habría república, ni existiría independencia; esta “obra” sería llevada a cabo por los políticos norteamericanos de acuerdo a sus propósitos e intereses. Los Estados Unidos  obrarían para hacer desaparecer los tres órganos de  poder  de la revolución: Gobierno de la República en Armas, Ejército Libertador y Partido Revolucionario Cubano. Las concepciones martianas , nada tendrían que ver con la “ república “ que nacería el 20 de mayo de 1902, son su opuesto; la llegada al poder en el más estrecho vínculo a los Estados Unidos de los “ nuevos líderes republicanos “, desvinculados del ideal unitario practicado hasta la muerte por  Martì, los haría partidarios de las más estrechas relaciones de dependencia hacia el vecino, despejando el camino a la penetración del capital  norteamericano; desviados de las concepciones martianas sobre la república, actuaron movidos por intereses, que se contraponían al ideal independentista y  democrático, que estaban claramente definidos en el Manifiesto de Montecristi,  firmado entre Martì y Máximo Gómez en 1895, reconocido como el programa de la gesta gloriosa de 1895, que tan cuidadosamente había sido concebida y preparada por su  principal líder. Estos gobernantes con el justo juicio histórico que les merece, traicionaron el ideario  y acción revolucionaria del  Apóstol.

No sería  Cuba libre e independiente, no  abarcarían  estas intenciones a  Las Antillas; en la balanza, el equilibrio, quedaría absolutamente a favor de los  Estados Unidos de norteamericana, la intervención, ayudaría considerablemente a  consolidar los intereses de la naciente potencia en el área y en el contexto americano en particular; quedaba un continente a merced   de los grupos monopólicos  formados en esa nación a finales del siglo XIX, en desenfrenada carrera por los mercados. Por su parte, Inglaterra, ya nada tenía que hacer frente a los Estados Unidos, su época histórica de rectora  en la política mundial, había llegado a su final con la Guerra Hispano cubana norteamericana, calificada por Lenin, como la primera imperialista.

 De hecho las  concepciones estratégicas de Martì sobre el proceso independentistas cubano en el contexto internacional, quedarían aplazadas para futuras generaciones;  no serían precisamente los hombres de inicios del siglo XX, los encargados de la formación  del Estado Nacional Cubano; que ya se había experimentado en la manigua durante la contienda de los Diez Años ( 1868-1878 ), y luego en  1895. La república que nació el 20 de mayo de 1902, no representaba los intereses de la nación cubana, de ahí su  ruptura con el proceso independentista cubano anterior. La nueva época “ republicana “ de inicios del siglo XX en Cuba, atada  desde sus inicios a los vecinos norteños por tratados, empréstitos y una pujante penetración de capitales, sentaron las bases de una profunda deformación económica, que se hizo sentir inmediatamente sobre la sociedad cubana, dando lugar a una profunda deformación estructural y crisis permanente.

¿Estaban preparados los seguidores más  cercanos  a Martì para dar continuidad a la obra proyectada?; mucho han reflexionado nuestros historiadores sobre  la prematura  muerte en Dos Ríos  y la evolución de los acontecimientos que se desarrollaron. Son innumerables las cartas, disposiciones y hasta consejos en que el maestro expresa, que la obra que ha de tener  lugar debe llevarse a cabo con el más absoluto rigor, organización, paciencia y silencio, insistiendo  continuamente en este último aspecto, consideraba la discreción como un arma necesaria y validad, como garantía del trabajo de conspiración  y acopio de armamentos para la gesta independentista; conocido es que incluso se encargó de alertar sobre ello en el periódico Patria en varias ocasiones, pudiera expresarse que fue un baluarte en la organización de la seguridad mambisa, e incluso, artífice del contraespionaje. En la ya universalmente conocida carta a su amigo Manuel Mercado, que queda inconclusa por su  muerte, expresa : “ ... en silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrla, han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiados recias para alcanzar sobre ellas el fin “; Martì concibió decir cada cosa en su momento, ante el temor de dar información al enemigo, que diera al traste  con los preparativos insurreccionales, sus ideas sólo eran conocidas en el momento preciso, partiendo de una rigurosa compartimentación.  En las condiciones históricas de asedio constante, de trabajo clandestino, de penetración enemiga, de agentes norteamericanos  siguiendo sus pasos, era  imposible, que las ideas más profundas del Apóstol sobre diversos temas políticos no fueran conocidos, a pesar de tener una fluida correspondencia con los principales jefes vinculados a los preparativos de guerra; confió parte de esas ideas a su principal amigo, esbozadas de forma general, a él exponía sus principales preocupaciones, agonías y dudas, como  lo prueba su correspondencia. Sus principales ideas políticas, las más recientes y acabadas, las que definían los destinos futuros de su vida, estaban esbozadas en sus líneas generales, pero no conocidas en su profundidad.

Sin  lugar a dudas, los principales esfuerzos de Martí, estuvieron encaminados a lograr la necesaria unidad de todos los elementos que pudieran desembocarse en el torrente independentista, a esta actividad consagró su inteligencia; en carta a Máximo Gómez del 6 de mayo de 1893 le expresaba que, “ La fuerza entera la he gastado en poner a nuestra gente junta, en torcerle las intrigas al gobierno español, en salirme de la red que con sus visitas y espionaje nos tiene en la casa propia, salvar la revolución indudable de lo único que la amenaza: - de la traición  de los que la sirvieron una vez, y hoy sirven al gobierno español [2]- “. En su concepción estratégica, la organización de la nueva guerra por la independencia, debía surgir sin el lastre de la división, para esta fecha ya  era un hecho  el Partido Revolucionario Cubano (10 de abril de 1892) -dando a conocer en el Periódico Patria el 14 de marzo de 1892 sus Bases y Estatutos -; después de una larga, mesurada y paciente labor política durante más de diez años en la emigración. Este  acontecimiento trascendental para el futuro de la revolución,  la diferenciaba radicalmente de su antecesora, adoptando el proceso una cualidad superior, exclusiva del ámbito americano. Concebir el partido, no solo para la independencia de Cuba, sino para fomentar además la de Puerto Rico; esbozaba  los objetivos en la nueva república, prevenía de los peligros internos y externos que podían amenazar el proceso independentista cubano. Al firmar Máximo Gómez junto a Martì el Manifiesto de Montecristi, el 25 de mayo de 1895, reconocía la existencia y conducción del proceso gestado por el maestro, y con el, al Partido Revolucionario Cubano como órgano conductor, se comprometía con sus bases y estatutos. El 24 de febrero de 1895, cuando fue  reiniciada la contienda, un sólido instrumento conductor tenía la revolución.

En las Bases y Estatutos del Partido Revolucionario  Cubano, están claramente definidas las posiciones de actuación ante posibles ingerencias extranjeras en el proceso revolucionario cubano que se gestaba; se creaban las condiciones para la extensión del movimiento a Puerto Rico, aún colonia española, apuntando claramente hacia unas Antillas libres e independientes, republicanas y democráticas.

El Programa o Manifiesto de Montecristi, dejaba claro que “La guerra de independencia de Cuba, nudo de haz de islas donde se ha de cruzar, en el plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso del gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo [3] “. Martì, inmediatamente  firmado el Manifiesto, dio instrucciones para su  rápida impresión y hacerlo llegar a todos los que estaban  implicados en la batalla  por la independencia, especial preferencia dio a las  núcleos organizados por el Partido Revolucionario Cubano y su difusión al mundo para dar a conocer los objetivos que llevaban a los cubanos a empuñar las armas nuevamente contra el yugo colonial español.

De lo expuesto se desprende una conclusión a todas luces fundamental:

En las Bases Programáticas del Partido  Revolucionario Cubano y  Manifiesto de Montecristi, conocido además, como el Programa de la revolución; que resumen  toda la obra creadora de José Martì en la preparación de la guerra necesaria, están esbozadas las concepciones martianas sobre el equilibrio del mundo y el papel que han de jugar las Antillas libres para evitar  la expansión norteamericana en América. Al desaparecer en combate Martì, se perdería el espíritu político de llevar a vías  de hecho lo expresado en  los Estatutos del Partido Revolucionario Cubano y el Programa de la Revolución; lo que inevitablemente favoreció a los Estados Unidos de fin de siglo; se podría dar por ternimada la política de “ espera paciente “, patrocinada por Tomás Jefferson  en relación a Cuba, desde inicios del siglo XIX , estaban,  lo suficientemente consolidados en el orden económico interior, como para poder rivalizar- aún con el uso de la fuerza–, con cualquiera potencia europea.

En las nuevas condiciones en que se organiza la  continuación de la gesta libertadora, sus cercanos colaboradores en la preparación de la guerra no conocían la profundidad de las ideas políticas  en Martì; el 23 de noviembre de 1893, desde New York le expresaba a Máximo Gómez que, “ A pura astucia hemos ido salvando del gobierno el  conocimiento de los compromisos reales [4] “, hasta qué punto el viejo luchador no  alcanzaba a  ver  la dimensión del ideal político se aprecia en la misiva que le envía  el  4 de enero de 1894, donde le expresaba,  “ El único libre, mientras no tengamos patria  libres,  Antillas  amigas y libres, nuestra América libre, está en nuestros campos de batalla. ¿ Formas dice Ud., y diferencias de formas¿ ¡ Ya verá cuán pocas ¿ [5]. Existen particularidades y condiciones objetivas  que justifican la actuación en silencio; tiene la peculiaridad el movimiento de ser organizado desde el exterior,- fundamentalmente Estados Unidos-, y simultáneamente su preparación en el interior de la isla, lo que complejizaba en grado máximo la labor. Los principales líderes, diseminados por Centroamérica, demandaban una sostenida correspondencia en la fase preparatoria de José Martì, con los principales implicados,  en el esclarecimiento y comunicación de las principales orientaciones, siempre, bajo la presión del espionaje español y  los agentes norteamericanos.

Las propias implicaciones que a la luz de las leyes norteamericanas pudiera causar la existencia del Partido Revolucionario Cubano como fuerza rectora, mantenían la constante preocupación en José Martì  de controlar personalmente hasta el último detalle todo lo relacionado con el movimiento insurreccional; conocedor  de la hostilidad del gobierno de los Estados Unidos hacia la causa independentista; podía el  movimiento ser abortado, y no se concebía su realización sin la participación de la emigración cubana radicada en esa nación.

En la carta de solicitud  que realiza la Delegación del Partido Revolucionario Cubano el 13 de septiembre de 1892, escrita por  José Martì,  sobre la incorporación de Máximo Gómez al proceso liberador, expresaba,“Ud., que vive y cría a los suyos en la pasión de la libertad cubana, ni puede, por su amor insensato de la destrucción y de la muerte, abandonar su retiro respetado y el amor a su ejemplar familia, ni  puede negar la luz de su consejo, y su enérgico trabajo, a los cubanos que, con su misma alma de raíz, quieren asegurar la independencia amenazada de las Antillas, y el equilibrio y porvenir de la familia de nuestros pueblos en América [6] “, la formulada solicitud deja claro al general que la causa cubana, va mucho más allá de la independencia de Cuba y previene del expansionismo del norte. Martì no puede concebir su plan sin la presencia de Gómez y Maceo, representan ambos lo mejor de la pasada contienda, de cualidades excepcionales para la conducción de las operaciones militares y alto prestigio en el pueblo de Cuba y la emigración. En su  Diario de Campaña, Gómez no hace referencias, ni antes, ni después de la muerte de Martì al Manifiesto de Montecristi, tampoco al Partido Revolucionario Cubano, en tanto son baluartes sólidos de alto alcance político e ideológico; mucho menos a la concepción martiana sobre el equilibrio del mundo y al verdadero significado que tendría la independencia cubana en el contexto americano.

Pueden  ambos jefes militares, llevar a vías de hecho lo que no pudo ser alcanzado en la contienda  del 1868, se realizaría la invasión, se arrastraría a todo el país en la contienda, bajo el influjo de los órganos de poder de la revolución; enturbiada ésta por el renacimiento de fuertes contradicciones entre el mando militar y  el gobierno civil por un lado y con  la Delegación del Partido Revolucionario Cubano por el otro; llegado el momento, la crisis, llevaría a la deposición de Gómez por la Asamblea y con esa medida, cabo su propia desaparición el gobierno cubano; en el norte, Estrada  Palma, se encargaría de barrer la obra  en la que Martì cifró todas sus esperanzas, unilateralmente desintegró el Partido Revolucionario Cubano, el 20 de diciembre de 1898.

Cuando el 24 de octubre de 1898, se reúne la Asamblea en Santa Cruz, Bartolomé Masò, Presidente de la  República en Armas, expone su mensaje; con sublime candidez expresa: “ Grande, inmensa es la gratitud que debemos los cubanos, al gran pueblo de los Estados Unidos de América y a la acción de ese pueblo y su gobierno nos inspira fe completa y confianza verdadera [7] “; después de una guerra ganada en los campos de Cuba, a prueba de la sangre derramada por el pueblo cubano,  veía en la intervención, una seguridad para alcanzar  una república independiente; viviría este patriota a este error; expresión en esencia de una desviación del pensamiento de José  Martì.

Perdidos los órganos representativos del pueblo cubano, no podía ni pensarse  en la invocación del pensamiento unitario de Martì, en tanto, después de su muerte, no fue seguido por los principales líderes, ante un hecho consumado  como la intervención norteamericana, la “confusión” creada en los principales dirigentes, hacía imposible retomar, lo que sin dudas, hubiera esclarecido a los patriotas sinceros que defendían la causa de la independencia a toda prueba.

El texto martiano que da inicio a este trabajo, escrito por el maestro a Federico Henríquez y Carvajal, en carta de 25 de marzo  de 1898 en Montecristi, Santo Domingo, junto a la carta dirigida a su amigo Manuel Mercado, inconclusa, reflejan  el pensamiento antiimperialista  de Martì del cual sus más estrechos colaboradores, no se penetraron. El entorno en el cual  se proyectaron las ideas sobre el equilibrio del mundo, hacían imposible su aplicación, no estaban dadas las condiciones subjetivas, ni objetivas para llevarlo adelante.




Referencias

[1] La Expansión Territorial de los Estados Unidos. A expensas de España y los Países Latinoamericanos. Editora Nacional de Cuba. La Habana, 1964. Pág. 11.
[2] José Martì, Obras Escogidas, Tomo III, Pág. 220, Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2002.
[3] Manifiesto de Montecristi, José Martì, Obras Escogidas, Tomo III, Pág. 517. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2002.
[4] Carta a Máximo Gómez. José Martì, Obras Escogidas, Tomo III, Pág. 296.Editorial de ciencias Sociales. La Habana, 2002.
[5] Carta a Máximo Gómez. José Martì. Obras Escogidas, Tomo III Pág. 313. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2002.
[6] Diario de Campaña del Mayor General Máximo Gómez, Pág. 569.Impreso en los Talleres del Centro Superior Tecnológico de Ceiba del Agua, Habana.
[7] Documentos para la Historia de Cuba. Hortensia Pichardo. Tomo I, Pág. 535.

sábado, 19 de enero de 2013

EQUILIBRIO MARTIANO Y GEOPOLÍTICA. I PARTE

Al analizar el período de formación del Estado Moderno (1775-1918) norteamericano se nos presenta una nación que en su formación exhibe características que se diferencian de los Estados Nacionales europeos considerados como clásicos. No  es posible separar geopolítica del propio surgimiento y desarrollo del estado, de ahí que nos dediquemos en un primer momento a identificar los momentos culminantes en la evolución del mismo hasta el año 1918, pues la concepción martiana sobre el equilibrio del mundo es su opuesto, que como veremos en otro momento aparece como una filosofía coherente ante la pujante geopolítica imperial en formación.

Un rasgo distintivo de la política norteamericana hacia las nacientes repúblicas latinoamericanas ya desde el comienzo de su bregar por medios propios sin el tutelaje imperial europeo, a inicios del siglo XIX, fue el planteamiento de la “América americana” que se desprende de la doctrina monroísta (1823)[1], es a través de esta desde donde prevé la formación de un sistema americano lejos de toda intromisión trasatlántica. Aprovecha la oportunidad que le dan los gobiernos de estas naciones, en conflicto con los grandes de Europa, después de siglos de explotación, para intervenir en sus asuntos, usar sus economías y participar en las regalías que le ofrecen los necesitados del sur.
“Sería un descrédito a la memoria de James Monroe el compararlo con mistificadores como James Polk, Theodore Roosevelt o Ronald Reagan, por ejemplo. No entró en su propósito el capricho de transformar a su patria en gerente del continente. Su responsabilidad estaba –no es poca por lo demás- en haber montado el dispositivo que podía encubrir y favorecer, si no estimular, la gula expansionista. Es imposible, por otra parte eliminar cierta referencia monroísta de toda esa abigarrada nomenclatura que a través de los tiempos ostentó como divisa la voracidad norteamericana: “Destino Manifiesto”, “Interés Superior”, “Diplomacia del Dólar”, “Política del Gran Garrote”, “Protección Ilimitada”.”[2]
La victoria de los Estados del Norte sobre los Estados del Sur crearían la premisas básicas esenciales que podrían en pie a los actuales Estados Unidos de Norteamérica; antes -julio de 1863- tras la victoria obtenida en la batalla de Gettysburg, Lincoln había expresado “que la Unión bajo un nuevo amparo de Dios, tenga un nuevo brote de libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparezca de la faz de la tierra”[3]. Estos principios no fueron consagrados en la Constitución Norteamericana; tampoco viviría el eminente ideólogo para ver sus profecías; concluida la contienda en 1865, es  asesinado el Presidente victorioso a manos de un  “fanático esclavista”.  La posterior vida republicana de los Estados Unidos no consagraría jamás estos postulados en las enmiendas posteriores de la Constitución hasta nuestros días y muchos menos objeto de política interna; el proceso de formación nacional y de la nación norteamericana careció desde un inicio de los principios humanistas que la “Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano” postulaba. El Estado Nación después del año 1865 rompió con todos los esquemas anteriores, tanto de propiedad como de poderes;  es el tránsito hacia el despeje de una ecuación donde la formula siempre arroja el mismo resultado: el desarrollo capitalista; exacerbando el nacionalismo para dar el paso hacia el concepto en política-desde arriba-de gran nación.

Dos temas trascendentales del Estado Moderno norteamericano  ya estaban presente para esta etapa en la élite de poder: seguridad nacional y desarrollo. Ninguno hubiera prosperado de no haberse inflado el exclusivismo nacionalista del norteamericano y  de su modo de vida. El nacionalismo es en este caso antesala de un profundo proceso que daría como resultado la conversión de esa nación en  potencia imperialista. Si en 1860,  Estados Unidos ocupaba el cuarto lugar entre las naciones del mundo en cuento a la producción manufacturera, en 1894 había saltado al primer lugar, mientras que el valor de las manufacturas había sobrepasado casi en cinco veces el de 1860; tales crecimiento sólo se dieron en este país.

Hacia la década del 70 del siglo XIX los Estados Unidos gracias a la Revolución Industrial llevada a cabo había alcanzado un significativo desarrollo industrial y agrícola, ello permitió aumentar sus exportaciones. Este proceso sentó las bases indispensables para el futuro desarrollo acelerado del capitalismo, lo que permitió en un breve lapso de tiempo pasar de la fase pre monopolista a la fase imperialista. Al arribar a una fase superior del capitalismo a finales del siglo XIX en este país se había consolidado unido al desarrollo alcanzado el Estado Nación, tal y como lo conocemos en la actualidad; con una extensa red de instituciones lucrativas y no lucrativas que hacían brillar ante el mundo el modelo “democrático” del “American way of like”, estaban dadas las condiciones internas necesarias para alcanzar empeños mayores de expansión y de dominación a nivel mundial. 

El Estado se ajusta y reajusta a las nuevas circunstancias históricas  que  tienen lugar en esa nación y lo convierten a fínanles del siglo XIX y principios del XX en un Estado Nación Moderno con características diferentes a los tradicionales europeos; la evolución del mismo en los Estados Unidos fusiona a las oligarquías burguesas-las de capital industrial y financiero-a los resortes de poder, son sus adictos participantes y los propulsores del nacionalismo en el orden ideológico para la nación norteamericana, poder e ideología se entrelazan en tal magnitud que hace imposible cualquier otro tipo de variante del Estado Nación norteamericano hasta nuestros días. 

Hasta donde estas combinaciones son posibles  y pueden arrastrar a un pueblo y una nación a la guerra atizando el “sentimiento nacional” o tergiversando ese sentimiento quedaron demostradas con la Guerra Hispano-Cubano Norteamericana en la última década del siglo XIX. La intervención norteamericana (1898) en la gesta independentista de Cuba se produce cuando está claramente dirimido en el campo de batalla el fracaso de las fuerzas españolas, es este y no otro el momento en que culmina la “espera paciente” Jeffersionana, Estados Unidos es lo suficiente y autosuficientemente fuerte como para aplicar la Doctrina Monroe y la del Destino Manifiesto sin interesar en lo absoluto lo que en política los europeos puedan pensar y hasta actuar. Los políticos calcular hasta donde se podía atizar el “sentimiento nacional favorable” para declarar la guerra; la prensa crear el clímax  en la nación norteamericana que se aviniera a los cálculos de los líderes políticos. 

La Resolución Conjunta aprobada por el Congreso de los Estados Unidos el 18 de abril de 1898 y sancionada por el Presidente Mc Kinley el 20 de abril, dos días después, son el claro resultado de un largo proceso y de una combinación de poderes para lograr situar al moderno Estado Nación norteamericano como guía y garante de los destinos futuros del mundo; España y por consiguiente Cuba eran sólo piezas de ese ajedrez político para la era del imperialismo norteamericano; tres poderes engrasados en esos objetivos: ejecutivo, legislativo y judicial; uno nuevo adicionado, el de la gran prensa.

Concluida la  primera guerra imperialista con los Acuerdos de París el 10 de diciembre de 1898 España sería un reducto de dependencia, Cuba y otras regiones bien distantes de los Estados Unidos comenzarían a girar al entrar en el siglo XX en la orbita de un “Gran Estado Nación” imperialista con todos los visos de modernidad; se inaugura  una época en cual el “Gran Estado Nación” imperialista; hará dependientes a otros Estados Nacionales; que hasta dónde son nacionales o no, en tanto son dependientes, no está a la altura de este trabajo responder; si nos atenemos a que Nación y dependencia son excluyentes u opuestos, justifica con creces este criterio pues requiere de un estudio e investigación profunda que no está dentro de este tema, pero forma parte de el. Había terminado una etapa, “Ahora, los políticos y los intereses empresariales de todo el país tenían el sabor del imperio en los labios”[4]

Podría cuestionarse entonces si los Estados Unidos como país presenta un Estado Nación desde 1775 y hasta 1918; la respuesta a esta interrogante pasa por la propia evolución  del Estado norteamericano; a nuestro criterio son  tres las etapas:

Primera etapa: 1775-1865

 Es un período anómalo, de “equilibrio” de dos sistemas de producción: capitalismo y esclavitud, donde el segundo frena las potencialidades del primero, donde el poder del estado es muchas veces anulado por la propia contradicción.

Segunda etapa: 1865-1897.

Expansión del capitalismo; de afianzamiento y desarrollo de la economía norteamericana; de existencia de un Estado Nación moderno que arriba a finales del siglo XIX a una nueva fase superior del capitalismo: el imperialismo. Es un período en el cual tiene lugar el afianzamiento del nacionalismo  y la nacionalidad norteamericana. Aparece el Gran Estado Nación imperialista.

Tercera etapa: se inicia en 1898, hasta la actualidad.

Es un período de expansión del Gran Estado Nación imperialista hacia la conquista de la hegemonía mundial; se inicia con la guerra Hispano Cubana Norteamericana, pasa por dos contiendas mundiales en las cuales Estados Unidos ve fortalecidas sus posiciones y ocupa un liderazgo indiscutible a nivel mundial.

EL GRAN ESTADO NACIÓN IMPERIALISTA ENTRE 1898-1918

Estados Unidos había resultado el vencedor en la Guerra Hispano Cubano Norteamericana.  El Estado Nación  había  hecho suyas  las ideas y teorías de Alfred T. Mahan sobre la necesidad del poderío naval lo suficientemente fuerte y superior de los Estados Unidos en las condiciones de dominación mundial,  los resultados no podían ser mejores, España a pesar de su debilidad,  había sido el conejillo para su primer ensayo; en la isla de Cuba aparecería la Base  Naval de Guantánamo, embrión de otras  tantas que serían creadas por el mundo  a fin de alcanzar sus objetivos hegemónicos. El mensaje a la nación del Presidente Teodoro Roosevelt de 1904 daba un nuevo impulso a la doctrina Monroe en los propósitos de la nación norteamericana de cara al siglo XX:
“Si una nación demuestra que sabe actuar con una eficacia razonable y con el sentido de las conveniencias en materia social y política, si mantiene el orden y respeta sus obligaciones, no tiene por qué temer una intervención de Estaos Unidos. La injusticia crónica o la importancia que resaltan de un relajamiento general de las reglas de una sociedad civilizada pueden, a fin de cuentas, en América o fuera de ella, la intervención de una nación civilizada; y en el hemisferio occidental,  la adhesión de los Estados Unidos, aunque en contra de sus deseos, en casos fragrantes de injusticia o de impotencia, a ejercer un poder de política internacional”[5]
La I Guerra Mundial constituyó un momento trascendente en los objetivos del Estado Nación de este país. La conflagración se desarrollo en condiciones ideales para los Estados Unidos al tener como escenario territorios bien alejados de sus fronteras en circunstancias en que la revolución industrial había fomentado una poderosa industria, pero necesitada  de mercados. La “neutralidad” ante la contienda le permitió mantener un sistema de relaciones entre contendientes; de esa manera Estados Unidos encontró un mercado fácil donde ubicar sus producciones y a fomentar el germen de lo que sería la futura dependencia de los Estados europeos hacia el Estado Nación norteamericano, Estados Unidos había pasado al concluir la guerra de nación  deudora a acreedora.

La I Guerra Mundial tuvo una consecuencia directa sobre el Estado Nación norteamericano; los poderes del Presidente se habían fortalecido en detrimento del poder del Congreso, que aunque conservaba fuerza en materia de política exterior, había perdido terreno. La paz concertada a través del Tratado de Versalles si bien no fue aprobada por el Congreso de los Estados Unidos; brindo para la oligarquía burguesa y la élite de poder la garantía de poder exportar todo género de producciones y conceder amplios créditos para la reconstrucción económica de los principales países capitalistas europeos –Inglaterra, Italia, Alemania y Francia-  todo lo cual aseguró al Estado Nación imperialista norteamericano una fuerte posición política ante sus correligionarios a nivel internacional, teniendo estos a su vez un alto nivel de dependencia económica hacia los Estados Unidos.

Los acuerdos de Versalles contemplaron la creación de una nueva institución a nivel mundial  con el objetivo implantar  orden en las relaciones internacionales; la mundial, la Sociedad de Naciones. Paradójicamente el Congreso de los Estados Unidos se opuso a que el Estado norteamericano ingresara en ella pues consideraba que era más beneficioso para la política internacional de los Estados Unidos mantener una posición neutral que le diera la posibilidad de no involucrarse en conflictos lo cual facilitaba cualquier tipo de acción sin estar involucrada; traducido en política: poder intervenir de acuerdo a sus propios intereses.

Concluyen los primeros 20 años del siglo XX -lapso de tiempo relativamente corto pero decisivo- para  los Estados Unidos. El Estado Nación norteamericano de fínanles del siglo XIX se trasforma en Gran Estado Nación imperialista. Concluida la I Guerra Mundial en 1918, el mundo será otro;  dará comienzo el ciclo del dominio hegemónico norteamericano o el llamado siglo XX norteamericano. Es a partir de entonces que aparecen fundidos en sí mismo  el gran estado nación y geopolítica imperial.



[1] Fue esta la primera doctrina concreta norteamericana en materia de relaciones exteriores. Rafael San Martín, Ob. cit. p. 158
[2] Rafael San Martín, Ob. cit. p. 160
[3] Nocionales de la Historia de Los Estados Unidos de América Autor: Benito Xavier Pérez. Secretaría de Educación Pública. México. 1944
[4] Howar Zinn. La otra historia de los Estados Unidos. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana 2006. Pág. 224
[5] Nestor García Itúrbides. Estados Unidos de Raíz. Centro de Estudios Martianos. 2007. Pág. 152.