martes, 18 de agosto de 2015

España perdió la Isla de Cuba en la primera mitad del siglo XIX.

En la historia no siempre los acontecimientos políticos encontrados, que devienen en partos revolucionarios con cambios en el devenir de un pueblo están acompañados con rupturas totales en todos los ámbitos, el proceso revolucionario cubano puede expresar, quizás mejor que otros esa formulación, pues al iniciarse la guerra de independencia contra el colonialismo español-10 de octubre de 1868-ya la isla no era española, al no ser por el gobierno centralizado que la sujetaba; la dependencia económica no le pertenecía.

La isla, sus élites económicas, sus portadores ideológicos, sus economistas, habían para aquel octubre torcido el rumbo de los acontecimientos desde décadas antes. Lo que tratamos de exponer sobre la base de los documentos que se muestran en las Memorias de la Sociedad Patriótica de la Habana, que aparecen en el tomo X, así lo prueban. Hemos utilizado una serie de tablas estadísticas reflejadas por la sociedad  ilustrada habanera para comprobarlo.

Aunque las relaciones económicas entre la isla de Cuba y los Estados Unidos,  tienen una dimensión particularmente importante y definitoria en la primera mitad del siglo XIX; no hemos hecho relación del capital comercial norteamericano invertido a través de las sociedades comerciales, que integrado a este estudio pudiera dar mayor dimensión del problema, ni de aquellas esferas productivas que logró conquistar, o en propiedades, tanto en la producción azucarera o  sobre la tierra, al igual que otras a las cuales también dirigieron sus capitales.

Nos hemos apoyado en el trasiego de lo que pudiéramos llamar el  “núcleo duro” de todo el sistema colonial en Cuba, la Habana y su puerto, no solo porque siempre  fue el referente, sino porque acaparó  sin lugar a dudas los principales volúmenes comerciales,  muy  superior a los del  resto de la isla, incluyendo todos.

El 44 % de los barcos  que entraron al puerto habanero en ese año corresponde a los norteamericanos; por su parte el 50,9 % de los barcos que salieron tuvieron como destino a los Estados Unidos. Para ese año el comercio con la metrópoli española a través del principal puerto de la isla en cuanto a entradas llegó solo al 14,2 %, mientras las salidas al 29, 6 %. Ello viene a determinar la preferencia de los hacendados criollos-y no criollos-hacia esa nación en el orden comercial, pues de hecho representa una ventaja por la cercanía como mercado, lo que implicaba menos costos en las transportaciones; un mercado basto y seguro para los producciones tropicales; con la posibilidad de obtener una mayor variedad de artículos que podían importar, que de España no podían obtenerse para ese entonces, al no ser  los tradicionales. A la vez fue dando origen al sistema de dependencia al mercado norteamericano, que como regularidad se mantuvo a lo largo de todo el período colonial y neo colonial. Esa misma tendencia viene a justificar las ideas que sobre la anexión entonces surgieron hacia esa nación, fundamentadas esencialmente por la necesidad de separación a la metrópoli española, que había perdido como se prueba en las cifras, poder mantener un intercambio fluido y amplio, amén de otras consideraciones en torno al sistema esclavista que hacía motivante y ejecutiva la idea de anexión.

125 barcos hacen entrada en la rada durante ese año, mientras 206 parten de ella, en la relación, 81 más, o sea un 39,3 %, que tuvieron como destino el norte, 105 hacia los Estados Unidos, 61 a España, y 18 hacia Inglaterra entre los principales. La relación comercial preferente no da margen para las dudas; con una balanza comercial favorable a los isleños en el intercambio.


Para el mes de julio de ese mismo año, aunque se aprecia una disminución en la entrada y salida de barcos, la relación sigue igualmente favorable hacia los Estados Unidos. De 93 buques que tocan los muelles habaneros, 41 pertenecen a los vecinos del norte, el 44 %, manteniendo idéntico indicador al mes de mayo de 1840. El 43 % de los barcos que zarparon cruzaron el estrecho de la Florida, aunque la proporción es menor a mayo, se aprecia la misma tendencia de menoscabo al comercio con España.


Por los datos que aporta la Real Sociedad Económica Amigos del País, ya desde el año 1838, según tablas, se importaban una serie de productos, que siendo de necesidad, algunos de ellos podían ser absorbidos en su producción en la isla, como se aprecia en la siguiente tabla:

En el informe se hace referencia a que “Renglones hay en él, de primera necesidad, que bien pudieran no figurar en la balanza; porque en efecto pudiera el país mismo producirlo y ofrecerlo al consumo general. Hay cerdos, hay reses; ¿Por qué hemos de ser tributarios al estrangero de las sumas enormes que se importa la adquisición de carne de puerco y baca, y de la manteca?[i]. A lo que oportunamente nos queremos referir es al diáfano pensamiento económico en los ideólogos de los hacendados en Cuba, pues estos tenían una clara visión sobre la práctica comercial y cómo hacer cada vez más favorable la balanza hacia la isla con la sustitución de importaciones, acometiendo su producción en la isla.  

    Aún con tales deformaciones, la diferencia a favor de la isla fue en el año 1839 de $ 658 205,00 [ii]; todo ello sobre la base de la exportación de los principales productos, hoy llamados tradicionales: azúcar, mieles, aguardiente, tabaco y café.

Muy pocas veces se hace referencia a otros productos menores que también eran exportados: cigarros, cera, dulce, almidón, naranja, limones, piña, plátano y coco.
Aún resultan menos conocidas las exportaciones de monedas, también con un saldo favorable hacia isla.

La tendencia apreciada en las dos primeras tablas presentadas correspondiente a los meses de mayo y julio de 1840, tenía el antecedente de lo que ya venía sucediendo en el año 1839, que queda expresado en la tabla que a continuación se muestra en la entrada y salida de buques durante ese año.


El 49,8 % de los buques corresponden a bandera norteamericana, 34,1 % al pabellón español, 4,5 % al inglés, y el 2,2 % al francés entre los principales; que sumados los tres últimos (europeos), corresponde un 40.8 %; siendo el principal acreedor de ese comercio los Estados Unidos, una historia anticipada de la pérdida de la joya de la Antillas para la metrópoli española, pues económicamente, ya Cuba estaba perdida para España, mucho antes de iniciarse la gesta independentista el 10 de octubre de 1868.

 Más la entrada de buques no es lo más importante, sino los volúmenes de productos intercambiados, en ese campo-el principal-lo perdió España desde la década del 30 del siglo XIX en su enconada porfía por mantener a Cuba bajo su jurisdicción, pues desde el año 1839  los Estados Unidos ya acaparaban el 72,7 % en toneladas exportadas hacia la isla, un predominio casi absoluto en el intercambio producido.

Podría mantenerse el gobierno despótico y centralizado, pero ya la doctrina estaba formulada, lo demás sería cuestión de tiempo.

Por los datos que aporta la Sociedad Patriótica en sus memorias, se puede constatar que no siempre la relación  comercial fue siempre superior con los Estados Unidos en relación con España, aunque se exprese como tendencia a lo largo del tiempo, por lo menos los datos referidos al año 1845 así lo demuestran:


Lo ocurrido en el año 1845, se puede constatar como una situación de coyuntura, la salida de buques en el año 1884 es de 204, 24,3 % más de salidas. Con una salida de 121 barcos en el año 1845, la relación continúa siendo favorable a la isla en 11 barcos más. Tales circunstancias vienen determinadas por los bajos precios del azúcar, y una mala cosecha; la propia perspectiva indicaba que “…hay propietarios y no  pocos que han hecho la misma y aun mayor zafra que en 1844; y sobre todo podemos conjeturar que, aun cuando no sea muy considerable la próxima Europa, obtendremos también precios ventajosos, y el año sub subsecuente resarcirá sin duda las ´perdidas del presente” [i]. La situación, sujeta a  la condiciones del mercado, estimuló como se aprecia en el informe a una mayor producción azucarera, pronosticando entonces un aumento en los precios del dulce, tras la caída de estos. Lo que no aparece claro es el aumento en los volúmenes hacia la metrópoli española, ni aparecen los productos exportables que nos pudieran brindar una claridad del alza en la salida de buques hacia esa nación en el año 1845, pues se desprende que no  corresponde a los del azúcar, sobre todo al ocurrir un período de contracción.

Como se ha venido exponiendo, solo hemos hecho referencia al trasiego del puerto de la Habana, precisando-por lo menos por ahora-de establecer, cómo se producía el mismo hacia el interior de la isla, expresión del desbalance entre regiones y zonas, lo que ha conducido en la historiografía cubana a enfocar “casi” siempre los fenómenos desde el enfoque occidentalista, fundamentado por esa preponderancia  en el orden económico, que se acentúa al acoger el gobierno en la isla, y  las fundamentales instituciones.

La siguiente tabla, es expresión del desigual “desarrollo”, de la abismal diferencia entre el occidente y el centro-oriente cubano, que se acentúa hacia el interior de las provincias. Tal es el caso de la basta región que ocupaba Puerto Príncipe(1845), que refleja con particular nitidez varias de los conflictos y contradicciones que tienen lugar bajo el sistema colonial español, pues manifiesta los extremos de esas contradicciones que España engendró, cuya única solución fue el camino independentista.

Los principales puertos exportables corresponden a Trinidad, Cienfuegos y Sagua La Grande, zonas de producción azucarera, mientras que el territorio que ocupa la basta llanura de Puerto Príncipe(Camaguey), ve reducida sus posibilidades al depender eminentemente de la ganadería, el contrate es notablemente alto entre la parte oriental y occidental de la provincia. Al igual que la parte occidental de la isla, las principales relaciones comerciales son con los Estados Unidos, país que absorbe los mayores volúmenes del azúcar exportable.

Trinidad presenta una particularidad significativa, relacionada con las exportaciones hacia Alemania, entonces penetrada por el capital de esa nación, teniendo fuertes intereses en el Valle de los Ingenios de esa jurisdicción.

 España representa solo el 14 % del comercio, mientras Estados Unidos el 62,5 %, al igual que el proceso que tiene lugar en la parte occidental de la isla (La Habana), hacia el interior se da el mismo proceso, fenómeno que reafirma la tesis inicial sobre la pérdida anticipada de  la isla por España.

El 14,4 % del comercio realizado corresponde a  los puertos de Sancti Spíritus, Remedios,
Santa Cruz y Nuevitas, lo que demuestra la gran diferencia entre las diferentes zonas a las que hacíamos referencia con anterioridad. Sancti Spíritus es la más desfavorecida de todas, que al igual que Puerto Príncipe, tiene en la ganadería, su principal actividad productiva; teniendo un fuerte rival  como Trinidad, ubicado al sur, con una fluida actividad comercial.


[i] Ídem. Tomo XX. Pág. 220


[i] Memorias de la Sociedad Patriótica de la Habana, Tomo X. Pág. 374
[ii] Idem. Pág. 378.

lunes, 3 de agosto de 2015

Neo anexionismo: anti-revolución, anti-cultura.

Un emigrante cubano me aborda el tema del anexionismo en Cuba después del 1 de enero de 1959,   le sugiere que ha estado presente siempre en una parte de la sociedad cubana, que según él, es más fuerte ahora, después de los pronunciamientos del 17 de diciembre del 2014 realizadas por el gobierno de los Estados Unidos y de Cuba, que aunque no vive en la isla, ve una fuerte  tendencia en internet de pronunciamientos desde algunos “periodistas”, llamados independientes, que no hacen otra cosa que reforzar esa tendencia; le parece normal que esa tendencia-anexionista-exista en una parte de la comunidad cubana en la Florida, pero observa como anormal en Cuba, tal es su forma de pensamiento en cuanto al asunto.

Sin  entrar en el debate, prefiero el análisis desde  la historia misma, o sea desde los orígenes del anexionismo en Cuba, quizás desde los pronunciamientos de José Antonio Saco sobre la  anexión de Cuba a los Estados  Unidos y su manera entonces de enfocarlo desde la pérdida de la identidad misma, en una etapa en que los pronunciamientos sobre la nación parecían una herejía para la sociedad criolla, ni podían caber en el centralizado poder colonial español. No obstante su aparición como corriente de pensamiento se hizo inevitable en la década del cuarenta del siglo XIX, con bandera propia y una explosividad inusitada, más como una forma de separación de España que como tendencia anexionista consciente; peliagudo tema para el análisis, pues incluso hoy los historiadores aún no se consagran por una sola línea, lo que a mi juicio es  acertado dada la complejidad de la época en que tiene lugar, en una sociedad criolla que solo ve afectar sus intereses si se elimina la esclavitud, viniendo la repulsa, si se trata de la propia España; las cajas de azúcar son el sostén y desarrollo de la ideología de aquella élite o oligarquía, llamada por los historiadores como sacarocracia.

La bandera que hoy preserva el patrimonio de la nación, es aquella, la de Narciso López, el haz protagónico del camino anexionista hacia los Estados Unidos, seguido por una parte de los hacendados criollos que veían en la esclavitud sureña norteamericana la continuación de su sistema de poder, con todos aquellos que lograron arrastrar, blancos,  negros, libres o esclavos, chinos o de cualquier otro estrato o capa social en aquel pretendido levantamiento en 1848. Por tanto la primera interpretación clara que hay que dejar es que tuvo un origen  justificado para un sector de hacendados, donde las causales económicas están presentes en la década del cuarenta del siglo XIX bajo el sistema colonial español; segundo, que no es un movimiento homogéneo de la élite criolla, es solo una pequeña parte de ella, aunque diseminada la intención en varios lugares del occidente y centro oriente cubano.

Extirpada la intención  después de varios intentos, hacia el año 1852, la tentativa no se repetirá, pero tendrá sus derivadas que se entroncarán con el propio movimiento generado, de enfrentamiento a la metrópoli española en los años que siguieron hasta culminar con el levantamiento  independentista del 10 de octubre de 1868. Antes había tenido en el seno de aquella nación norteña un acontecimiento trascendental que definiría los derroteros de su futuro, la eliminación de la esclavitud en la guerra que entonces tuvo lugar(1861-1865), conocida como Guerra de Secesión; La Unión(estados norteños), aplastaron definitivamente el sustento esclavista del sur, dando vía libre a las relaciones capitalistas de producción. Para ese entonces las viejas aspiraciones de los hacendados esclavistas de la isla  ya no tendrían lugar en una nueva época donde el sistema esclavista no podía tener cabida; aferrados-como antes-a las cajas de azúcar con sujeción esclavista; no les quedó otra que seguir optando por las reformas  de muy mala gana con España; lo que no excluía que las miradas hacia el norte se hubieran extirpado del panorama insular, sobre todo en una parte de los hacendados de la región centro oriental, tendencia particularmente fuerte en Puerto Príncipe, en el Camaguey.

Iniciado el proceso independentista cubano el 10 de octubre de 1868, las tres regiones involucradas(Oriente-Camaguey-las Villas), con posiciones deferentes, reflejo de las tendencias regionales que entonces existían; tenían ante sí la incuestionable necesidad de alcanzar un marco mínimo de unidad para poder llevar adelante el movimiento. Aunque con posiciones ideológicas diferentes, asumieron el reto de  alcanzar el propósito, sin el cual resultaría imposible la continuidad de la guerra ya iniciada; fue la Asamblea de Guáimaro(10 de abril de 1869), el hecho histórico trascendental de dar inicio al proceso de  unidad, cuyo resultado fue la creación de una carta magna y un gobierno, primer gran jalón en el proceso de formación nacional; momento trascendental para determinar algunas particularidades sobre el tema que nos ocupa, pues aunque se apreciaron algunas ideas acerca de la anexión a los Estados Unidos, los grupos representativos de las tres regiones se deslindaron de las tendencias reformistas y anexionistas. Tal deslinde marcaría un momento inicial y definitorio en el trascurso del proceso revolucionario cubano a través del siglo XIX, XX e incluso el recién iniciado XXI. Así durante un largo período de tiempo, momento largo en la historia, la corriente anexionista ha tenido sus destellos en Cuba, tanto  en la república neo colonial, como después del triunfo revolucionario de 1959, más la abrumadora mayoría de los cubanos nunca se han propuesto ni la mención de la anexión, aún en los momentos más críticos y importantes de ese proceso, pues no se aviene a los intereses, ni a la propia identidad de una nación que se ha forjado al calor de un proceso histórico donde quedó forjada una cultura y unidad nacional. No es de propósito analizar el diferendo Cuba-Estados Unidos, pues este forma parte de la clara convicción anti anexionista de los cubanos, pues el diferendo, solo ha acentuado esa posición a lo largo del tiempo.

La exigua minoría que ahora se alborota en torno a la idea de estar bajo las alas de los
Estados Unidos, son la expresión de la alineación de un sector minoritario, muy minoritario de transgredir el propio proceso histórico de formación nacional; el anexionismo, quedó muerto en la Asamblea de Guáimaro, para no renacer jamás en la Historia de Cuba como un propósito de la generalidad de los cubanos, ocultar esa verdad histórica es como querer apagar el sol con una gota de agua. De sus voceros, ni hablar, no gasto el tiempo en hacerle la mención, “no vale la pena”.

Notas (Tomadas de EcuRed)

La Asamblea congregó a los representantes de las tres regiones en armas. Por el Departamento Oriental asistieron Carlos Manuel de Céspedes, José María Izaguirre, Jesús Rodríguez y Antonio Alcalá. La representación camagüeyana la integraban Salvador Cisneros Betancourt, Ignacio Agramonte, Miguel Betancourt Guerra, Francisco Sánchez y Antonio Zambrana, habanero este último pero condiscípulo y amigo de Agramonte en las aulas universitarias. Los delegados villareños fueron, Miguel Jerónimo Gutiérrez, Eduardo Machado, Tranquilino Valdés, Arcadio García, Antonio Lorda y Honorato del Castillo. Los delegados eran en su mayoría terratenientes de las zonas centro – orientales y profesionales vinculados a ellos, entre estos últimos se destacaba un grupo de jóvenes, Agramonte, Machado, Zambrana, relacionados con los círculos patrióticos ilustrados gestados en La Habana y fuera del país. A ellos se añadían dos figuras procedentes de las capas medias de la población, los villareños Arcadio García y Tranquilino Valdés. Era todavía incipiente el avance social del proceso revolucionario, y en consecuencia, ni los negros ni mulatos, libres o esclavos, ni el campesinado y otras fuerzas laboriosas del país, tuvieron una presencia directa en la asamblea.
Los representantes reunidos en Guáimaro debían cumplir tres tareas fundamentales. La primera de ellas entrañaba superar el estadio inicial de la revolución, caracterizado por una dirección pluricéntrica, mediante la constitución de un estado nacional reconocidos por todos, capaces de dirigir y regular la acción independentista y, a la vez, hacer viable la ayuda exterior en tanto representación legal de la nación en armas.
La segunda consistía en dotar a ese estado de instituciones de genuina proyección nacional, algo especialmente perentorio en lo referido al Ejército Libertador que requería de un mando único para la formulación de la estrategia y el desarrollo de las acciones militares. Por último, aunque no en orden de importancia, se requería de una definición programática que esclareciese el contenido social, antiesclavista, de la revolución e imprimiese a esta una coherencia ideológica, puesto que si bien la decisión independentista y abolicionista había estado presente desde el inicio mismo del movimiento, aún quedaban por definir aspectos vitales del proceso y realizar el imprescindible deslinde con respecto a formulaciones de otras corrientes políticas, en particular del Anexionismo y del Reformismo.



jueves, 30 de julio de 2015

Intervención de Francisco I en el 2º Encuentro Mundial de Movimientos Populares,

15 de julio 2015

Hermanas y hermanos, buenas tardes,
Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y en mis oraciones. Y me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo.
Gracias, Señor Presidente Evo Morales, por acompañar tan decididamente este Encuentro.
Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia.
Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso.
También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz, que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. Me alegra tanto ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.
Dios permite que hoy nos veamos otra vez.
La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de ustedes: las famosas “tres T”: tierra, techo y trabajo, para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.
1. Primero de todo, empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, también de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:
- ¿Reconocemos, en serio, que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?
- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?
Entonces, si reconocemos esto, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.
Ustedes –en sus cartas y en nuestros encuentros– me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas.
Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de las exclusiones. No están aisladas, están unidas por un hilo invisible. ¿Podemos reconocerlo? Porque no se trata de esas cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que esas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que ese sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?
Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos…
Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana madre tierra, como decía San Francisco.
Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir a esta globalización de la exclusión y de la indiferencia.
Quisiera hoy reflexionar con ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos.
Ustedes saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir– redentor. Porque lo necesitamos. Sé que ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema, reina la insatisfacción y especialmente la tristeza.
Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.
El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que desde hace ya mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la Tierra, a los pueblos y a las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea –uno de los primeros teólogos de la Iglesia– llamaba «el estiércol del diablo», la ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es «el estiércol del diablo». El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común, la hermana y madre tierra.
No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.
¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido, si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador, que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío, cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas?
Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las “tres T”. ¿De acuerdo? Trabajo, techo y tierra. Y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!
2. Segundo. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: “proceso de cambio”. El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Hay que cambiar el corazón. Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar procesos y no por ocupar espacios. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por “vivir bien”, dignamente, en ese sentido.
Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se rebela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos “rostros y esos nombres”, se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos, todos nos conmovemos… Porque “hemos visto y oído” no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.
Ustedes viven cada día empapados en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas, ya desde Buenos Aires, y yo se lo agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata. Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a las “tres T”: tierra, techo y trabajo.
Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias, porque las hay, las tenemos, y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas. Necesitamos instaurar esta cultura del encuentro, porque ni los conceptos ni las ideas se aman. Nadie ama un concepto, nadie ama una idea; se aman las personas. La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros, rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.
Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.
Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los pueblos y organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, les dé alegría, les dé perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos a ver los frutos.
A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero, si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.
La Iglesia no puede ni debe estar ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos de todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.
Y tengamos siempre en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Yo rezo a la Virgen María, tan venerada por el pueblo boliviano para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio.
3. Tercero. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas. Eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales. Eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio –podría decirse–, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos; no es fácil de definirlo. En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La Historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.
Quisiera, sin embargo, proponer 3 grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares.
3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos “NO” a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la madre tierra.
La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un “decoroso sustento”. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a las “tres T” por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad, «prosperidad sin exceptuar bien alguno» [1]. Esta última frase la dijo el Papa Juan XXIII hace 50 años. Jesús dice en el Evangelio que, aquel que le dé espontáneamente un vaso de agua al que tiene sed, le será tenido en cuenta en el Reino de los cielos. Esto implica las “tres T”, pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación. Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano, en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: “vivir bien”, que no es lo mismo que “pasarla bien”.
Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también es posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre» [2]. El problema, en cambio, es otro.
Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que además de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan a la madre tierra en aras de la “productividad”, sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús, contra la Buena Noticia que trajo Jesús.
La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando los pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrían sustituir la verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.
Y, en este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.
He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica. Y vi que algunos están aquí. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. Y, ¡qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!
Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria. Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de las “tres T”, se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.
3.2. La segunda tarea es unir nuestros pueblos en el camino de la paz y la justicia.
Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia, porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia» [3].
Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces, llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.
En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país, la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros padres de antaño, llaman la “Patria Grande”. Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esta unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.
A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la “Patria Grande” y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta diversas fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libre comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y los pobres. Los obispos latinoamericanos lo denunciamos con total claridad en el documento de Aparecida cuando se afirma que
«las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones.» [4]
En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada–, vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeoran las cosas.
Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social, que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural, es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dijeron los Obispos de África en el primer Sínodo continental africano, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco» [5].
Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello, ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia, es decir, nuestra sana interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros.
El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque, al poner la periferia en función del centro, les niega el derecho a un desarrollo integral. Y eso, hermanos, es inequidad y la inequidad genera violencia, que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.
Digamos “NO”, entonces, a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos “SÍ” al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.
Y aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que, cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia. Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM, el Consejo Episcopal Latinoamericano, y también quiero decirlo. Al igual que san Juan Pablo II, pido que la Iglesia –y cito lo que dijo él–
«se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos» [6].
Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue san Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.
Y junto a este pedido de perdón y para ser justos, también quiero que recordemos a millares de sacerdotes, obispos, que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la cruz. Hubo pecado, hubo pecado y abundante, pero no pedimos perdón, y por eso pedimos perdón, y pido perdón, pero allí también, donde hubo pecado, donde hubo abundante pecado, sobreabundó la gracia a través de esos hombres que defendieron la justicia de los pueblos originarios.
Les pido también a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la Buena Noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz –dije obispos, sacerdotes, y laicos, no me quiero olvidar de las monjitas que anónimamente patean nuestros barrios pobres llevando un mensaje de paz y de bien–, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio. La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en Latinoamérica. Identidad que, tanto aquí como en otros países, algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del ídolo dinero. Hoy vemos con espanto cómo en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que vivimos, hay una especie –fuerzo la palabra– de genocidio en marcha que debe cesar.
A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme trasmitirles mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso –conjunción de pueblos y culturas–, eso que a mí me gusta llamar poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas una pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.
3.3. Y la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la madre tierra.
La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un pecado grave. Vemos con decepción creciente cómo se suceden una tras otras las cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación. Los pueblos y sus movimientos están llamados a clamar a movilizarse, a exigir –pacífica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la madre tierra. Sobre éste tema me he expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si’, que creo que les será dada al finalizar.
4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las elites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos, en su capacidad de organizarse y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño.
Y cada uno, repitámonos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la madre tierra.
Créanme –y soy sincero–, de corazón les digo: rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie, esa fuerza es la esperanza. Y una cosa importante: la esperanza no defrauda. Y, por favor, les pido que recen por mí. Y si alguno de ustedes no puede rezar, con todo respeto le pido que me piense bien y me mande buena onda.
Gracias.
[1] Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra [15 mayo 1961], 3: AAS 53 [1961], 402.
[2] Pablo VI, Enc. Popolorum progressio [26 marzo 1967], 14: AAS 59 [1967], 264.
[3] Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.
[4] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano [2007], Documento Conclusivo, Aparecida, 66.
[5] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa [14 septiembre 1995], 52: AAS 88 [1996], 32-33; Id., Enc. Sollicitudo rei socialis [30 diciembre 1987], 22: AAS 80 [1988], 539.
[6] Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium, 11.

Tomado de Red Volraire.

martes, 28 de julio de 2015

Ciudades en Pugnas de Luis Machado Ordex

La dialéctica del  tiempo largo, requiere de la inmersión regresiva en la larga duración, permitiendo el redescubrimiento de la lenta evolución;  para Pierre Vilar “la investigación causal (…) consiste en dibujar los grandes rasgos del relieve histórico”; que son sometidos al análisis más severo una y otra vez para poder encontrar los verdaderos móviles de los acontecimientos.

“Ciudades  en Pugnas” de Luis Machado Ordex, nos da la posibilidad de penetrar en hechos sustentables en un largo período de tiempo a través de una expansión en un espacio greográfico interior e insular que al estar sujeto a las condicionantes del desarrollo económico internacional, busca con afano una salida donde poder insertarse al intercambio; un motivo  existencial, una utopía, que en definitiva determinará los contornos y la fisonomía de un grupo social, que afincados en el poder local buscará vehementemente una y otra vez de alcanzar-un puerto-donde  la mediterraneidad los sujeta y acosa, lo que “derivó hacia el marasmo geofísico y el espíritu tributario en la búsqueda de una escapatoria marítima”, según el autor.

La “inmersión” de Machado Ordex hacia la formulación de un espíritu logocentrico en la jurisdicción de Santa Clara en el imperceptible caminar del tiempo desde su fundación, constituye el “atrevimiento” que la obra nos propone a través de una larga historia, a lo cual dedicó todo el empeño por justificar; acercándose, por coincidencia  o no, a Hernán Venegas Delgado cuando la definió como pluricentrista; alejándose de las disquisiones, muchas veces enturbiadas, de exaltación de un localismo y regionalismo que no deja ver las verdaderas causas de los avatares en la historia. Nos plantea un debate desde un estudio de caso sujeto a herramientas prosopográficas, pocas veces utilizado por los investigadores, pero muy necesarias cuando de comparaciones se trata.

El rastro fundacional de Santa Clara(15 de julio de 1689), que no es otro que el de la aspiración por la tierra y su propiedad, pone el sesgo esencial  a lo largo del libro, pues el pensamiento fisiócrata explicitado o no en la historiografía constituye eje central de la miopía de la élite de hacendados, de ahí sus disputas territoriales constantes; enjuiciadas por el autor, no a modo de justificación, sino por incapacidad del grupo social que no pudo encontrar otras alternativas productivas en una época en la cual tener un puerto constituía un salvoconducto  exclusivo de persistencia en el tiempo bajo el sistema colonial español.
No se deja atrapar por “los factores geográficos de la cubanidad” expuestos por Salvador Massip, que aunque siendo esenciales para el análisis en el caso particular de la jurisdicción de Santa Clara, recurre al  diálogo con las cifras, pues cuando ya maduro, el sistema colonial, ante las puertas de un movimiento insurreccional que ya no le quedaba otra que la  guerra, señala que   …..” en 1860 la jurisdicción central se situó en el último lugar en la producción azucarera. Constituyó el segundo en tabaco y ganadería, y tercero y cuarto, respectivamente, en café y apicultura”; expresión de la  continuidad que dio origen al hecho fundacional.

Cuando en  el “imaginario”, el  puerto de “San Lázaro del Granadillo” no se hizo posible, deja claro que el “espíritu” logocentrico no se reduce a esa aspiración, es mucho más, está  interrelacionado con los factores económico, político y sociales que tiene lugar, lo que da nombre a la obra: “Ciudades en Pugnas”. Las “coléricas” contradicciones pasan por más de dos siglos, dejando claras aquellas económicas y políticas; solapadas las sociales, pero que sin dudas corren tras las dos primeras, pues los enfoques que siempre el lector encontrará están del lado dialéctico, no el de la consecutividad armoniosa. Dejando claro que “Lo trascendente estribó en el ímpetu por acorralar poderes administrativos, judiciales, eclesiásticos, institucionales, sociales  y culturales.”; episodios que no solo  son dados a la llamada región central; Santa Clara como provincia (1878), o Las Villas (1940); sus ribetes van hasta las más altas aspiraciones de capitalidad de la nación; dejándonos sedientos por conocer hasta qué punto habían penetrado ciertas tendencias anexionistas en la convulsa y naciente “republica” de los primeros veinte años del siglo XX, al calor de macro proyectos sobre el “imaginario” puerto.

No estamos en presencia del  culturalismo, ni las cacafoneadas tradiciones que brindan una idea difusa de un organismo social en movimiento en un largo período de tiempo; la obra es una demostración de los epítetos que acompañaron a Santa Clara en el tiempo: “La Muerta”, “La Ciudad Dormida”, o “La Ciudad de Gringos”, “La Ciudad del Polvo”, “La Ciudad Cenicienta”, “La Ciudad Tullida”, y “ La Ciudad Callada”, pues como se deja claro,  Santa Clara no pudo ofrecer una alternativa de desarrollo  que  dejara atrás los lastres de su herencia colonial, quedando atenazada ante dos ciudades que emergieron  con un inusitado impulso azucarero y comercial: Sagua La Grande y Cienfuegos.

No se deja aprisionar por los dos grandes acontecimientos bélicos que sumergieron a la colonia cubana en la segunda mitad del siglo XIX, con sus consecuencias económicas desbastadotas-la primera  (1868-1878) hacia la región centro oriental y la segunda (1895-1898) a toda la Isla de Cuba- pues como ilustra constantemente, las causas están en las profundidades del sistema productivo que la jurisdicción asumió como patrón durante siglos, cuyas explicaciones hay que buscarlas en la hacienda; siendo la renta sobre la tierra el predominio ante lo cual sucumbió cualquier alternativa de diversificación; al no ser la agrícola, empadronada en la gran, mediana y pequeña propiedad.

El caudillismo de la  colonia, injertado  en la “república” continuó, dándole cabida  con amplias alas la región central de Cuba, particularmente  Santa Clara; al logocentrismo que se había gestando desde el hecho fundacional mismo,  entonces expresado con todo su rigor por  el Capitán Luis Pérez de Morales, sostenido con la espada y el arcabuz, cuando ocupo la villa de San Juan de los Remedios en el año 1691; le seguiría una nueva era llamada “republicana”; en la que Luis Machado se adentra hasta la década del cincuenta del siglo XX., cuyos contextos son económicos, políticos y sociales; no existen otras diatribas; las deja claras a lo largo de su obra.

El gran muro que ha tenido que saltar  “Ciudades en Pugnas”, es el hilo de continuidad para captar el hecho en momentos cronológicamente diferentes y  sistemas diferentes, de ahí su complejidad; “San Lázaro del Granadillo” es tan solo el “ardid” que descubre el hegemónico papel de un grupo social o élite a través del tiempo para alcanzar sus fines, sean consumados o no; que expresan la adecuación de las aspiraciones políticas a las nuevas circunstancias, visto  durante un gran período de tiempo; tarea nada fácil de lograr si no se mantiene la persistencia del enfoque científico del problema que se investiga.

Por último, toda obra de investigación  en la historia de larga duración encuentra un obstáculo que no se puede sortear; la documentación que es preciso manejar. Un gran estudioso de la colonia cubana como Jacobo de la Pezuela, refiriéndose a los censos de 1774, 1792 y 1817, los califico como “esqueletos de censos”, por ser poco ilustrativos; de ahí, la complejidad en la utilización de las fuentes, pues invariablemente hay que buscar todas aquellas fiables que nos permitan transitar con cierto “reposo” por el camino de la investigación. Para “Ciudades en Pugnas” de Luis Machado Ordex , sujeto a esas mismas inclemencias, cumple brillantemente con la expectativa, una amplia documentación la respalda;  documentos atesorados en los Archivo Históricos, como las Actas Capitulares de los Cabildos o Ayuntamientos, u otros  de inapreciable valor que en otros fondos de esas instituciones existen; una amplia bibliografía de consulta en obras de autores de obligada referencia; la utilización de la prensa como un sostén de inapreciable valor  para calar en la sociedad y su cultura; censos; estadísticas, informes, y otros tantos documentos originales sueltos que la propia búsqueda  va poniendo de la mano que bajo un método riguroso de selección y una adecuada concatenación nos da la posibilidad de probar la hipótesis planteada. “Ciudades en Pugnas”, es ante todo una exposición científica con la sujeción al método histórico de investigación, que como novedad nos expone el acontecimiento en su larga duración.