jueves, 30 de julio de 2015

Intervención de Francisco I en el 2º Encuentro Mundial de Movimientos Populares,

15 de julio 2015

Hermanas y hermanos, buenas tardes,
Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y en mis oraciones. Y me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo.
Gracias, Señor Presidente Evo Morales, por acompañar tan decididamente este Encuentro.
Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia.
Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso.
También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz, que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. Me alegra tanto ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.
Dios permite que hoy nos veamos otra vez.
La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de ustedes: las famosas “tres T”: tierra, techo y trabajo, para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.
1. Primero de todo, empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, también de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:
- ¿Reconocemos, en serio, que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?
- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?
Entonces, si reconocemos esto, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.
Ustedes –en sus cartas y en nuestros encuentros– me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas.
Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de las exclusiones. No están aisladas, están unidas por un hilo invisible. ¿Podemos reconocerlo? Porque no se trata de esas cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que esas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que ese sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?
Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos…
Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana madre tierra, como decía San Francisco.
Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir a esta globalización de la exclusión y de la indiferencia.
Quisiera hoy reflexionar con ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos.
Ustedes saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir– redentor. Porque lo necesitamos. Sé que ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema, reina la insatisfacción y especialmente la tristeza.
Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.
El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que desde hace ya mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la Tierra, a los pueblos y a las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea –uno de los primeros teólogos de la Iglesia– llamaba «el estiércol del diablo», la ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es «el estiércol del diablo». El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común, la hermana y madre tierra.
No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.
¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido, si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador, que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío, cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas?
Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las “tres T”. ¿De acuerdo? Trabajo, techo y tierra. Y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!
2. Segundo. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: “proceso de cambio”. El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Hay que cambiar el corazón. Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar procesos y no por ocupar espacios. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por “vivir bien”, dignamente, en ese sentido.
Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se rebela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos “rostros y esos nombres”, se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos, todos nos conmovemos… Porque “hemos visto y oído” no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.
Ustedes viven cada día empapados en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas, ya desde Buenos Aires, y yo se lo agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata. Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a las “tres T”: tierra, techo y trabajo.
Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias, porque las hay, las tenemos, y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas. Necesitamos instaurar esta cultura del encuentro, porque ni los conceptos ni las ideas se aman. Nadie ama un concepto, nadie ama una idea; se aman las personas. La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros, rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.
Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.
Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los pueblos y organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, les dé alegría, les dé perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos a ver los frutos.
A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero, si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.
La Iglesia no puede ni debe estar ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos de todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.
Y tengamos siempre en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Yo rezo a la Virgen María, tan venerada por el pueblo boliviano para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio.
3. Tercero. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas. Eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales. Eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio –podría decirse–, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos; no es fácil de definirlo. En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La Historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.
Quisiera, sin embargo, proponer 3 grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares.
3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos “NO” a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la madre tierra.
La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un “decoroso sustento”. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a las “tres T” por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad, «prosperidad sin exceptuar bien alguno» [1]. Esta última frase la dijo el Papa Juan XXIII hace 50 años. Jesús dice en el Evangelio que, aquel que le dé espontáneamente un vaso de agua al que tiene sed, le será tenido en cuenta en el Reino de los cielos. Esto implica las “tres T”, pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación. Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano, en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: “vivir bien”, que no es lo mismo que “pasarla bien”.
Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también es posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre» [2]. El problema, en cambio, es otro.
Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que además de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan a la madre tierra en aras de la “productividad”, sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús, contra la Buena Noticia que trajo Jesús.
La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando los pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrían sustituir la verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.
Y, en este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.
He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica. Y vi que algunos están aquí. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. Y, ¡qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!
Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria. Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de las “tres T”, se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.
3.2. La segunda tarea es unir nuestros pueblos en el camino de la paz y la justicia.
Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia, porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia» [3].
Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces, llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.
En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país, la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros padres de antaño, llaman la “Patria Grande”. Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esta unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.
A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la “Patria Grande” y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta diversas fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libre comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y los pobres. Los obispos latinoamericanos lo denunciamos con total claridad en el documento de Aparecida cuando se afirma que
«las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones.» [4]
En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada–, vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeoran las cosas.
Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social, que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural, es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dijeron los Obispos de África en el primer Sínodo continental africano, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco» [5].
Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello, ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia, es decir, nuestra sana interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros.
El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque, al poner la periferia en función del centro, les niega el derecho a un desarrollo integral. Y eso, hermanos, es inequidad y la inequidad genera violencia, que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.
Digamos “NO”, entonces, a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos “SÍ” al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.
Y aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que, cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia. Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM, el Consejo Episcopal Latinoamericano, y también quiero decirlo. Al igual que san Juan Pablo II, pido que la Iglesia –y cito lo que dijo él–
«se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos» [6].
Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue san Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.
Y junto a este pedido de perdón y para ser justos, también quiero que recordemos a millares de sacerdotes, obispos, que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la cruz. Hubo pecado, hubo pecado y abundante, pero no pedimos perdón, y por eso pedimos perdón, y pido perdón, pero allí también, donde hubo pecado, donde hubo abundante pecado, sobreabundó la gracia a través de esos hombres que defendieron la justicia de los pueblos originarios.
Les pido también a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la Buena Noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz –dije obispos, sacerdotes, y laicos, no me quiero olvidar de las monjitas que anónimamente patean nuestros barrios pobres llevando un mensaje de paz y de bien–, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio. La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en Latinoamérica. Identidad que, tanto aquí como en otros países, algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del ídolo dinero. Hoy vemos con espanto cómo en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que vivimos, hay una especie –fuerzo la palabra– de genocidio en marcha que debe cesar.
A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme trasmitirles mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso –conjunción de pueblos y culturas–, eso que a mí me gusta llamar poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas una pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.
3.3. Y la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la madre tierra.
La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un pecado grave. Vemos con decepción creciente cómo se suceden una tras otras las cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación. Los pueblos y sus movimientos están llamados a clamar a movilizarse, a exigir –pacífica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la madre tierra. Sobre éste tema me he expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si’, que creo que les será dada al finalizar.
4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las elites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos, en su capacidad de organizarse y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño.
Y cada uno, repitámonos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la madre tierra.
Créanme –y soy sincero–, de corazón les digo: rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie, esa fuerza es la esperanza. Y una cosa importante: la esperanza no defrauda. Y, por favor, les pido que recen por mí. Y si alguno de ustedes no puede rezar, con todo respeto le pido que me piense bien y me mande buena onda.
Gracias.
[1] Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra [15 mayo 1961], 3: AAS 53 [1961], 402.
[2] Pablo VI, Enc. Popolorum progressio [26 marzo 1967], 14: AAS 59 [1967], 264.
[3] Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.
[4] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano [2007], Documento Conclusivo, Aparecida, 66.
[5] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa [14 septiembre 1995], 52: AAS 88 [1996], 32-33; Id., Enc. Sollicitudo rei socialis [30 diciembre 1987], 22: AAS 80 [1988], 539.
[6] Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium, 11.

Tomado de Red Volraire.

martes, 28 de julio de 2015

Ciudades en Pugnas de Luis Machado Ordex

La dialéctica del  tiempo largo, requiere de la inmersión regresiva en la larga duración, permitiendo el redescubrimiento de la lenta evolución;  para Pierre Vilar “la investigación causal (…) consiste en dibujar los grandes rasgos del relieve histórico”; que son sometidos al análisis más severo una y otra vez para poder encontrar los verdaderos móviles de los acontecimientos.

“Ciudades  en Pugnas” de Luis Machado Ordex, nos da la posibilidad de penetrar en hechos sustentables en un largo período de tiempo a través de una expansión en un espacio greográfico interior e insular que al estar sujeto a las condicionantes del desarrollo económico internacional, busca con afano una salida donde poder insertarse al intercambio; un motivo  existencial, una utopía, que en definitiva determinará los contornos y la fisonomía de un grupo social, que afincados en el poder local buscará vehementemente una y otra vez de alcanzar-un puerto-donde  la mediterraneidad los sujeta y acosa, lo que “derivó hacia el marasmo geofísico y el espíritu tributario en la búsqueda de una escapatoria marítima”, según el autor.

La “inmersión” de Machado Ordex hacia la formulación de un espíritu logocentrico en la jurisdicción de Santa Clara en el imperceptible caminar del tiempo desde su fundación, constituye el “atrevimiento” que la obra nos propone a través de una larga historia, a lo cual dedicó todo el empeño por justificar; acercándose, por coincidencia  o no, a Hernán Venegas Delgado cuando la definió como pluricentrista; alejándose de las disquisiones, muchas veces enturbiadas, de exaltación de un localismo y regionalismo que no deja ver las verdaderas causas de los avatares en la historia. Nos plantea un debate desde un estudio de caso sujeto a herramientas prosopográficas, pocas veces utilizado por los investigadores, pero muy necesarias cuando de comparaciones se trata.

El rastro fundacional de Santa Clara(15 de julio de 1689), que no es otro que el de la aspiración por la tierra y su propiedad, pone el sesgo esencial  a lo largo del libro, pues el pensamiento fisiócrata explicitado o no en la historiografía constituye eje central de la miopía de la élite de hacendados, de ahí sus disputas territoriales constantes; enjuiciadas por el autor, no a modo de justificación, sino por incapacidad del grupo social que no pudo encontrar otras alternativas productivas en una época en la cual tener un puerto constituía un salvoconducto  exclusivo de persistencia en el tiempo bajo el sistema colonial español.
No se deja atrapar por “los factores geográficos de la cubanidad” expuestos por Salvador Massip, que aunque siendo esenciales para el análisis en el caso particular de la jurisdicción de Santa Clara, recurre al  diálogo con las cifras, pues cuando ya maduro, el sistema colonial, ante las puertas de un movimiento insurreccional que ya no le quedaba otra que la  guerra, señala que   …..” en 1860 la jurisdicción central se situó en el último lugar en la producción azucarera. Constituyó el segundo en tabaco y ganadería, y tercero y cuarto, respectivamente, en café y apicultura”; expresión de la  continuidad que dio origen al hecho fundacional.

Cuando en  el “imaginario”, el  puerto de “San Lázaro del Granadillo” no se hizo posible, deja claro que el “espíritu” logocentrico no se reduce a esa aspiración, es mucho más, está  interrelacionado con los factores económico, político y sociales que tiene lugar, lo que da nombre a la obra: “Ciudades en Pugnas”. Las “coléricas” contradicciones pasan por más de dos siglos, dejando claras aquellas económicas y políticas; solapadas las sociales, pero que sin dudas corren tras las dos primeras, pues los enfoques que siempre el lector encontrará están del lado dialéctico, no el de la consecutividad armoniosa. Dejando claro que “Lo trascendente estribó en el ímpetu por acorralar poderes administrativos, judiciales, eclesiásticos, institucionales, sociales  y culturales.”; episodios que no solo  son dados a la llamada región central; Santa Clara como provincia (1878), o Las Villas (1940); sus ribetes van hasta las más altas aspiraciones de capitalidad de la nación; dejándonos sedientos por conocer hasta qué punto habían penetrado ciertas tendencias anexionistas en la convulsa y naciente “republica” de los primeros veinte años del siglo XX, al calor de macro proyectos sobre el “imaginario” puerto.

No estamos en presencia del  culturalismo, ni las cacafoneadas tradiciones que brindan una idea difusa de un organismo social en movimiento en un largo período de tiempo; la obra es una demostración de los epítetos que acompañaron a Santa Clara en el tiempo: “La Muerta”, “La Ciudad Dormida”, o “La Ciudad de Gringos”, “La Ciudad del Polvo”, “La Ciudad Cenicienta”, “La Ciudad Tullida”, y “ La Ciudad Callada”, pues como se deja claro,  Santa Clara no pudo ofrecer una alternativa de desarrollo  que  dejara atrás los lastres de su herencia colonial, quedando atenazada ante dos ciudades que emergieron  con un inusitado impulso azucarero y comercial: Sagua La Grande y Cienfuegos.

No se deja aprisionar por los dos grandes acontecimientos bélicos que sumergieron a la colonia cubana en la segunda mitad del siglo XIX, con sus consecuencias económicas desbastadotas-la primera  (1868-1878) hacia la región centro oriental y la segunda (1895-1898) a toda la Isla de Cuba- pues como ilustra constantemente, las causas están en las profundidades del sistema productivo que la jurisdicción asumió como patrón durante siglos, cuyas explicaciones hay que buscarlas en la hacienda; siendo la renta sobre la tierra el predominio ante lo cual sucumbió cualquier alternativa de diversificación; al no ser la agrícola, empadronada en la gran, mediana y pequeña propiedad.

El caudillismo de la  colonia, injertado  en la “república” continuó, dándole cabida  con amplias alas la región central de Cuba, particularmente  Santa Clara; al logocentrismo que se había gestando desde el hecho fundacional mismo,  entonces expresado con todo su rigor por  el Capitán Luis Pérez de Morales, sostenido con la espada y el arcabuz, cuando ocupo la villa de San Juan de los Remedios en el año 1691; le seguiría una nueva era llamada “republicana”; en la que Luis Machado se adentra hasta la década del cincuenta del siglo XX., cuyos contextos son económicos, políticos y sociales; no existen otras diatribas; las deja claras a lo largo de su obra.

El gran muro que ha tenido que saltar  “Ciudades en Pugnas”, es el hilo de continuidad para captar el hecho en momentos cronológicamente diferentes y  sistemas diferentes, de ahí su complejidad; “San Lázaro del Granadillo” es tan solo el “ardid” que descubre el hegemónico papel de un grupo social o élite a través del tiempo para alcanzar sus fines, sean consumados o no; que expresan la adecuación de las aspiraciones políticas a las nuevas circunstancias, visto  durante un gran período de tiempo; tarea nada fácil de lograr si no se mantiene la persistencia del enfoque científico del problema que se investiga.

Por último, toda obra de investigación  en la historia de larga duración encuentra un obstáculo que no se puede sortear; la documentación que es preciso manejar. Un gran estudioso de la colonia cubana como Jacobo de la Pezuela, refiriéndose a los censos de 1774, 1792 y 1817, los califico como “esqueletos de censos”, por ser poco ilustrativos; de ahí, la complejidad en la utilización de las fuentes, pues invariablemente hay que buscar todas aquellas fiables que nos permitan transitar con cierto “reposo” por el camino de la investigación. Para “Ciudades en Pugnas” de Luis Machado Ordex , sujeto a esas mismas inclemencias, cumple brillantemente con la expectativa, una amplia documentación la respalda;  documentos atesorados en los Archivo Históricos, como las Actas Capitulares de los Cabildos o Ayuntamientos, u otros  de inapreciable valor que en otros fondos de esas instituciones existen; una amplia bibliografía de consulta en obras de autores de obligada referencia; la utilización de la prensa como un sostén de inapreciable valor  para calar en la sociedad y su cultura; censos; estadísticas, informes, y otros tantos documentos originales sueltos que la propia búsqueda  va poniendo de la mano que bajo un método riguroso de selección y una adecuada concatenación nos da la posibilidad de probar la hipótesis planteada. “Ciudades en Pugnas”, es ante todo una exposición científica con la sujeción al método histórico de investigación, que como novedad nos expone el acontecimiento en su larga duración.

miércoles, 24 de junio de 2015

Forum del Archivo, resultados

Que nos deja el Forum de ciencia  del Archivo Histórico después de haberse celebrado en la Casa del Científico. Una primera impresión es la importancia de presentación de trabajos de corte histórico y archivísiticos que se pueden presentar, estando los especialistas y técnicos con posibilidades para poder enfrentarlos sin tener que salir de los espacios acostumbrados en búsqueda de información, ella está a la mano y al acceso de todos. 

Para esta ocasión el jurado, más inclinado por su composición hacia las investigaciones históricas, expresó sin ambajes  que la realización de estudios e investigaciones históricas en la institución, constituye su piedra angular, pues lo distingue, no solo por el objeto social, sino además por las enormes posibilidades que los fondos documentales brindan. Las fisuras historiográficas siempre están presente, al igual que las lagunas que aún perduran en el quehacer de los historiadores.

Si bien se logra la presencia de trabajos de las diferentes áreas implicadas, por su cantidad aún resultan insuficientes de acuerdo a la cantidad de especialistas y técnicos conque cuenta la institución; lo que motivó intervencines sobre la conveniencia de crear un equipo de investigadores desde la propia institución, sobre lo cual no existe una clara definición en el sistema nacional de archivos. Los pronunciamientos se inclinaron por su reactivación, aún cuando no exista una orientación, teniendo como fundamento una mejor organización del forum desde las áreas, definiendo las líneas en la cual trabajarán.

Trabajos en camino, otros a punto de conclusión; y otros concluidos fueron presentados:
  • Propuesta de diseño de una biblioteca virtual para la difución de los fondos del Archivo Histórico.
  • Partido del Calabazar: refaccionismo en cifras, 1849-1867.
  • florentino Martínez: Don Floro, pilar de la cultura santaclareña.
  • Nestor Alejandro Palma Izaguirre: músico y patrióta adoptivo de Santa Clara.
  • La sigilografía desde la impronta del conservador-restaurador de documento.
Se nos impone  tras el resultado, su difusión y presentación de los trabajos en diferentes espacios-incluido-su plicación, quiazás uno de los mayores retos que enfrentan  hoy en Cuba los que se dedican a las invetigaciones históricas, al no ver coronados sus esfuerzos con la presencia de los resultados; en definitica, poco socializados, quedando solo al conocimiento de reducidos grupos.

Una demanda es la de lograr un buen balance temático, pues siempre los trabajos históricos han prevalecido sobre los archivísticos y de conservación-restauración, así lo demuestra el recien finalizado evento y los anteriores realizados, quedando como deuda para los próximos.

Lo que a nuestro jucio constituye el mayor obstáculo para el movimiento del forum en el archivo lo constituye la añeja incompresión en los gestores de esa organización-forum-al no incertar adecuadamente a los Archivos Históricos, pues no alcanzan a ver resultados donde según ellos creen debe haber innovación y aportes económicos traducidos en impactos. Tal tendencia, retrógrada en si misma, es acientífica, al no captar que los resultados se expresan de otra manera, es decir, en valores, conocimientos, etc, lo cual conduce a la tendencia negativa de no difundir a nivel social los resultados de las investigaciones históricas en el movimiento del forum.

En resumen, un buen momento de reflexiones y para el conocimiento, la continuidad se mantendrá a pesar de trabas, con esa inspiración se seguirá.

Partido del Calabazar, refaccionismo en cifras, 1849-1867.

La obra más reciente y completa-Historia de Villa Clara-con loables empeños ha tratado en su extensión de llevar los complejos procesos que han tenido lugar en una provincia, que  fundada 1976 incluye en su geografía tres de las regiones históricas de la antigua provincia de Las Villas: Sagua La Grande, San Juan de los Remedios y Santa Clara; nada fácil resulta realizar una radiografía desde los aborígenes que habitaban estas tierras hasta una etapa tan reciente como los finales del siglo XX.

Lógicamente una obra de tal magnitud no puede abarcar todas las aristas de más de quinientos años de historia, su generalidad lo impide; haciendo necesario la búsqueda de nuevas investigaciones y estudios sobre aquellos acontecimientos que tienen lugar o que quedan a la expectativa de los investigadores que al no contar con el tiempo y el material necesario se ven obligados a relegar proyectos para otros tiempos, que ante el acoso de otros, van quedando en gavetas para finalmente no realizarse.

La obra mencionada aunque aborda la dinámica del desarrollo azucarero en la región de Sagua La Grande(ubicada hacia la zona norte de esa provincia), durante la primera mitad del siglo XIX, no penetra en el proceso productivo que tiene lugar, sobre todo en la conformación del capital que lo hace posible, ni la dinámica del capital comercial en el empeño de sujeción de los productores(hacendados) que la impulsan, aún ante los gravámenes que imponen los prestamistas individuales y sociedades comerciales; contradicción que distinguirá toda una época histórica, que en definitiva dará impulso al proceso gestor del independentismo, matizado por esas contradicciones.

Lo que tratamos de exponer es precisamente un lado del asunto, de forma específica, en un espacio específico, donde los datos nos han dado la posibilidad de mostrar crudamente la voracidad del capital invertido en el proceso de desarrollo y consolidación de la producción azucarera en una zona decisiva como la del Partido del Calabazar, ubicado en la jurisdicción de Sagua La Grande, entre los años 1849-1867.

Un conjunto de tablas estadísticas elaboradas nos brinda el apoyo para poder entender el proceso que tiene lugar; hasta dónde la dependencia de los hacendados-generalmente criollos-hicieron posible su supervivencia dentro del marco colonial establecido, lo que al hacerse irresistible, germina en el proceso independentista que tiene lugar, pues en definitiva el acoso y ahogo del capital comercial controlado por españoles(no como generalidad) alimenta y forma parte de la contradicción general colonia-metrópoli.

No constituye por tanto un objetivo, ni lo puede ser para la ocasión, tratar el surgimiento de la región de Sagua La Grande, pues requiere de otro estudio particular que aborde sus orígenes como espacio o la sociedad que la conforma, que demanda analizar las divisiones que la metrópoli española sancionó para la isla.

Formando parte de la jurisdicción de Santa Clara, Sagua La Grande como término tiene su origen en el año 1844 cuando el Gobernador y Capitán General Leopoldo O Donell sanciona su apertura, integrada por los partidos: Rancho Veloz, Quemado, Alvarez, Amaro, Calabazar y San Lorenzo; con la Real Orden de1855, quedó entonces conformado por: Alvarez, Amaro, Calabazar, Ceja del Pablo, Quemado de Guines, Yabú y Sagua (villa). Antes de la constitución ya tenía lugar la expansión de las sociedades comerciales  por esa región, sobre todo de capitales habaneros, matanceros y de Cárdenas, también los provenientes de los Estados Unidos.

Lo que se ha dado en llamar en la historiografía cubana como refaccionismo, queda un poco estrecho en tanto los capitales invertidos no solo tenían como destino las reparaciones de ingenios, estos podían estar reservados a la ampliación de estos, lo que podemos considerar en términos actuales como inversiones  de capital, cuyos fines estaban dirigidos al aumento de la eficiencia y la producción, aún cuando la mano de obra  utilizada era la esclava en la gran mayoría de los ingenios, “la afluencia del capital habanero-matancero hacia Sagua explica un mayor dinamismo azucarero  de esta región en relación a Cienfuegos, incluso. Según los censos coloniales (…) en 1827 Sagua tenía dos ingenios, que en 1846 eran 59, y en 1862, 125”[i].

Lo que a continuación exponemos a través de tablas estadísticas, tiene por objetivo expresar las dimensiones del  proceso refaccionista que tiene lugar en el Partido del Calabazar, utilizando para ello los registros en las anotadurías de hipotecas que tuvieron lugar durante los años 1849-1876, siendo las primeras registradas en Sagua la Grande a partir del 12  de junio de 1845, que para el caso de ese partido fueron recopiladas en un tomo de forma íntegra y que ha posibilitado su estudio  a través de una fuente de primera mano que se conserva en original manuscrito, además de ser un documento oficial de incuestionable valor.



 En la tabla no parecen reflejados  valores en refacciones, al no encontrarse en las anotadurías que entonces se realzaron en los contratos establecidos de los ingenios: “Guayabo (1856 y 1863), “San Andrés”(1857), “Caridad” (1858), “Unidad” (1859 y 1861), “La Palma” (1861), “Telégrafo” (1863 y 1865), “Purio” (1865), “Recurso” (1867 con dos contratos),  “Triunvirato” , donde no aparece la cifra de la operación comercial ni la fecha en que se realizó; al igual el Macagua.  Todo ello nos conduce a formular que la cifra de refacciones en el Partido del  Calabazar sobrepasó los dos millones de pesos en el período comprendido entre 1849-1867, pues quince cifras de contratos no aparecen reflejadas en las anotadurías, del total de 84  realizados.

13  Sociedades Comerciales irrumpieron en el escenario del Partido del Calabazar, en su generalidad radicadas en Sagua La Grande durante el período que se analiza. Estas no fueron proclives a la fusión entre ellas, salvo la establecida entre la Sociedad “Lamadrid, Mora y Cía” y la Sociedad “Mora y Ajuria”. Sólo la Sociedad “Smith y Cia”  actúo de forma independiente sin fusión con el capital nativo, mientras que otras tres estaban fusionadas con capitales extranjeros: “Rauch y Soler”, “Van-Dr-Kieft, Lapuerta  y Cia” y la Sociedad “Thompson y Moré”. La presencia de sociedades de origen español y criollo distingue esta etapa en el proceso  que tiene lugar en el partido del Calabazar, siendo una tendencia no solo para este lugar, sino para la jurisdicción de Sagua La Grande, Santa Clara y hasta la propia región central de la isla.

17 acreedores actúan de forma independiente en el proceso refaccionista, pero su peso no será significativo pues solo dos de ellos ejecutan operaciones por encima de los veinte mil pesos, son ellos,  Manuel Antonio Palacio, quien estableció contrato para el ingenio “Chubasco”, ubicado en el Purio, por valor de $ 22 000,00,  en el año 1855, y  Juan Escauriza, quien estableció contrato en 1857 con los propietarios del ingenio “Esperanza”, ubicado en la hacienda Sitio Grande, por valor de  $ 23 800,00. Aunque Juan P.C. Thompson (norteamricano) formó parte activa de una sociedad comercial, como ya se ha anotado, actúo también como agente independiente en el proceso refaccionista, celebrando 7 contratos durante esa etapa, que al computarlo ascendieron a más de $ 31 807,00, pues uno de ellos no expresa la cifra, dando la medida de la prolífera actividad comercial que ejecutaba.


 Ingenios con los mayores volúmenes de refacciones:

·         Telégrafo-Purio: $ 945 809,00
·         Santa Cruz de Leybana: $ 91 535,00
·         Unidad: $ 79 167,00( es mayor al no aparecer la cifra correspondiente al año 1859)
·         Guayabo: $ 66 912,00
·         Victoria: 40 576,00

Los mayores cifras de inversiones por reparaciones de ingenios se concentran hacia el período pre-guerra (1861-1867).

Aunque el ingenio  “Unidad” representa el mayor volumen de contratos (7), estos se concentran entre 1853-1859, siendo las sociedades comerciales “Beronda y Hermanos”, y  “Echarte, Levié y Cia” las más beneficiadas.”

Existe una continuidad en el proceso refaccionista que se expresa como generalidad en cada uno de ellos al no poder solventar con sus producciones los préstamos que le son otorgados por los acreedores, lo que los hace dependientes del capital comercial, expresado como regularidad.

Los mayores refaccionistas son, con excepción del ingenio “Santa Cruz de Leybana”, dependientes del capital comercial de las sociedades.

Los ingenios Telégrafos y el Purio terminan siendo absorbidos por el capital comercial al no poder respaldar los compromisos contraídos con los acreedores con sus producciones,  este proceso culmina un año antes de iniciarse el proceso independentista cubano; la tajada de este negocio estuvo a cargo de la Sociedad “Smith y Cia”, la que no había tenido actividad en el partido del Calabazar con anterioridad, pero sobrepasó con creces a todas las demás rivales en el negocio azucarero en un corto período de tiempo, lo que muestra la agresividad con que esta se introdujo en el mercado de la zona: en menos de tres años se erigieron como los principales acreedores que por su cantidad representó casi el millón de pesos, cifra extraordinariamente alta si la comparamos con otras sociedades y territorios de la región central de la isla de Cuba.


 En la segunda mitad de la década  del cincuenta de ese siglo, se incrementaron notablemente las inversiones en los ingenios azucareros, ello representó el 73, 6 %; proceso que se incrementará hacia la posterior década notablemente en $ 1 013 103,00, reforzando la dependencia de los productores hacia el capital comercial, lo que coincide con el proceso de crisis que tiene lugar, profundizando las contradicciones entre la metrópoli española y la colonia (Tabla 7.1)

Como expresión el capital comercial atenaza a los productores azucareros; en los registros históricos se manifiesta una subida en las acciones del capital comercial durante la década de sesenta de forma sistemática hasta el año 1867, que llevan a la ruina de y despojo de los productores de sus ingenios, cuyos ejemplos más sobresalientes para este partido lo constituyen el “Telégrafo” y el “Purio”, como tiene lugar entre los años 1866 y 1867.

Como tendencia particular, en la década del sesenta se aprecia una despiadada penetración de las sociedades comerciales que van desplazando el capital de acreedores independientes en el escenario de la zona, reforzando las contradicciones de los propietarios de ingenios con las  referidas sociedades, principalmente en manos de españoles; si  el capital invertido por los acreedores independientes  alcanzó la cifra del 54,6  %,  en la década del cincuenta del siglo XIX, expresando un equilibrio con las sociedades comerciales, hacia la posterior la relación cambia abruptamente pues el de las sociedades comerciales ascendió el 89,1 %

 Los ingenios con más alta tasa de endeudamiento por refacciones corresponden al “Telégrafo” y “Purio” con la Sociedad Comercial “Smith, que al no reflejarse las cifras en los años 1863  y 1865, presuponen que  ronde el millón de pesos. La  correspondiente al año 1866 ($380 095,00) tiene lugar durante la crisis que ese año se produce por lo que su influencia determina la bancarrota de ambos ante sus acreedores, proceso que tiene lugar tan inminente al inicio del proceso independentista cubano.

El proceso refaccionista experimenta un crecimiento extraordinariamente alto si se compara entre amabas décadas, si bien durante 1851-1859 alcanzó $ 185 186,00, para la década siguiente había alcanzado hasta el año 1867 la astronómica cifra de                “1 234 862,00, más de un millón en tan solo casi siete años, expresión de la dependencia creciente de los productores azucareros del capital comercial, lo que acelera el proceso de contradicciones entre los hacendados y peninsulares, pues estos controlaban el capital de acciones como acreedores en el proceso refaccionista, que al coincidir con el años de crisis, las exacerba, llevando a la ruina y mayor dependencia de los productores azucareros ante capital comercial.

A partir del año 1860, se aprecia un crecimiento sostenido por año en el proceso de concertación de contratos refaccionistas con las sociedades comerciales, pasando éstos a jugar una posición determinante, expresión de la concentración del capital que se viene experimentando a partir de la producción azucarera, con la peculiaridad de ser preponderantemente dependiente del comercial, ante todo de las sociedades comerciales, pues los acreedores individuales son desplazados en el proceso competitivo por el dominio del complejo azucarero cubano, expresión que se manifiesta en el Partido del Calabazar, pero extensivo a la dinámica región saguera, y a otras regiones azucareras de la isla; prueba de ello es que el 18 de enero de 1867, la Sociedad Wanderkieft, La Puerta y Compañía del comercio de Sagua La Grande estableció contrato con Diego Abreus para el Ingenio Colorado, ubicado en el Partido de La Esperanza, en la jurisdicción de Santa Clara,  entregando la sociedad $10 300 00 en letras, $ 1 700 00 en efectivo en mondas de oro. Abreus hipotecó el ingenio compuesto de 116 caballerías de tierras, la dotación de esclavos y 20 asiáticos, las zafras, fábricas y campos de caña[i].

Como se aprecia las mayores inversiones se destina  fundamentalmente en los ingenios ubicados en la Hacienda Viana, Magdalena y Sitio Grande de ese partido.

 El año en que el volumen de mayores inversiones en refacciones realizó esta sociedad corresponde a 1855, con $ 70 907,00, en 5 ingenios, representando el 96,5 %, la  más importante durante esa década, siendo desplazada en las operaciones comerciales en de la zona en la siguiente, no contando con contratos de refacción en las anotadurías  que sobre el Partido del Calabazar existen.

Esta sociedad había adquirido un gran capital, sus préstamos en el año 1855 ascendieron a $ 97 181,00, 4 ingenios cayeron bajo los intereses de ella, pagaderos en muchas de las ocasiones, al igual que otros con las producciones de azúcar de cada zafra, lo que indudablemente hipotecaba el futuro de cada uno de ellos, una dependencia permanente de la cual resultaba muy difícil librarse; ingenios como el “Guayabo” y “Victoria” fueron casi dependientes de los préstamos de la sociedad por varios años.

No existen evidencias de que haya sido absorbida por otras sociedades o que se halla fusionado durante el período pre-guerra.

 Conclusiones

La falta de un diálogo entre cifras y contexto socio-político, e incluso cultural, es uno de los mayores problemas a vencer por los historiadores, la realidad socio económica y política  determinan el éxito, fracaso  o impulso de nuevos  proyectos políticos. Al expresar esa realidad en cifras-económicas-en el ámbito particular de un espacio determinado,  dentro de un contexto más amplio interconectado a territorios y regiones sobre la base de un mismo patrón de economía, nos posibilita-para el caso de Cuba-explicar por qué el proyecto político de independencia  gestado en la segunda mitad del siglo XIX, tiene una expresión en cada región  de la isla; los datos expuestos no son más que un enunciado de la tendencia del proyecto en un partido judicial con una dinámica productiva relevante en una región.

El “refaccionismo” propició la generación en cadena de una dependencia del capital comercial que ahoga toda posibilidad de camino productivo independiente, lo que conlleva a profundizar las contradicciones entre las élites económicas (hacendado productor azucarero-capital comercial), alimentando el enfrentamiento con el esquema español de colonialismo.

Para el caso del partido Judicial del Calabazar, ubicado en la jurisdicción de Sagua La Grande se comprueba la acción del capital comercial norteamericano, expresado a través de acreedores individuales y de sociedades comerciales, así como del español, que también se fomenta en las dos vertientes, con la peculiaridad de que el capital comercial norteamericano y español desplazan en la contienda la acción de los acreedores individuales, siendo predominante.

 A la vez en la lucha que se sostiene por la adquisición de contratos, el capital norteamericano desplaza cualquier otro tipo de variante de capital comercial, siendo para el período 1860-1867 el preponderante, lo cual constituye una particularidad en el caso de ese partido.

Como particularidad de caso, la propia confrontación entre sociedades comerciales, determina que hacia la década del sesenta del siglo XIX exista una alta concentración del capital comercial en pocas manos; que sea una sociedad norteamericana (Smith), la beneficiada en la contienda, distinguiendo al Partido del Calabazar en la región central de la isla, pujando con la existencia de otras, también norteamericanas, o asociadas a capitales nativos o españoles por el control del comercio azucarero.






[i] Fondo Anotadurias de Hipotecas. Tomo XI. Folios 6-10. Asiento 11. Archivo Histórico Provincial. Santa Clara. Villa Clara.



















[i] Historia de la Provincia de Villa Clara desde la comunidades aborígenes hasta 1990. Versión digital. ISBN 978-599-250-9870. Pág. 139.